desde 1900 hasta 1992
Alvear
 
 

El 2 de abril de 1922 hubo elecciones presidenciales, imponiéndose en ellas la fórmula radical Marcelo T. de Alvear-Elpidio González, sugerida por Yrigoyen. Segundos quedaron los conservadores Norberto Piñero-Rafael Núñez y terceros los demócratas progresistas, que llevaron como candidatos a Carlos Ibarguren-Francisco Correa.


Alvear es un clubman, nieto del general e hijo de Torcuato, intendente de Buenos Aires cuando el primer gobierno de Roca. Pertenece por ende a una familia tradicional, siendo no obstante temprano partícipe en las luchas contra “el Régimen”. Se resiste sin embargo al “personalismo” de Yrigoyen y, con el paso del tiempo, esta diferencia dará lugar a una quiebra en el partido radical, que se dividirá en “personalistas” y “antiper sonalistas” o “galeritas”.


El nuevo presidente forma su gabinete del siguiente modo: José Nicolás Matienzo (Interior), ángel Gallardo (Relaciones Exteriores), Rafael Herrera Vegas (Hacienda), Celestino I. Marcó (Justicia e Instrucción Pública), Tomás Le Breton (Agricultura), Eufrasio L. Loza (Obras Públicas), coronel Agustín P. Justo (Guerra) y almirante Manuel Domecq García (Marina).


La gestión de Alvear resultó excelente. Aquella política de neutralidad, seguida por Plaza e Yrigoyen, había beneficiado económicamente al país, pues le permitió abastecer de alimentos a los beligerantes mientras se echaban las bases de una industria incipiente, ya que el bloqueo naval establecido por Alemania interrumpió el suministro de productos manufacturados cuya fabricación, por otra parte, los contendientes habían orientado a satisfacer sus necesidades bélicas. Alvear capitalizó la situación heredada, incrementando los recursos mediante una correcta administración. Durante su gobierno, estuvo al frente de YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales) el general Enrique Mosconi, un militar patriota y eficaz, que impulsó de manera extraordinaria la empresa estatal puesta a su cargo, la cual pasó de extraer 388.888 metros cúbicos de petróleo en 1922 a 860.604, en 1928.


A mi abuelo Gallardo le cupo recibir al príncipe Humberto de Saboya, hijo del rey de Italia, y al príncipe de Gales, heredero de la corona inglesa, cuando vinieron a visitar la Argentina por esos años. Pero también le tocó intervenir en un problema ingrato, que lo obligaría a actuar con extrema delicadeza para armonizar su condición de católico practicante con sus deberes de ministro. Ocurrió que, fallecido el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Mariano Espinosa, el Poder Ejecutivo eligió para sucederlo a monseñor Miguel de Andrea, elevando la designación a Roma para que confiriera al electo su investidura eclesiástica. El gobierno procedió conforme al Derecho de Patronato, cuyo ejercicio no le era reconocido por la Santa Sede, que rechazó esa propuesta. Enterado de ello, monseñor de Andrea renunció a su postulación, pero el gobierno la mantuvo, sin considerar tal renuncia. Respecto al entredicho inminente, expresó Gallardo en sus Memorias: “medí la magnitud de la lucha en que nos embarcábamos y rogué íntimamente a Dios que nos permitiera alcanzar una solución sin grave desmedro para la Patria ni para la Iglesia”.


Luego de diversas alternativas, se logró una transacción diplomática: el gobierno aceptó la renuncia de monseñor de Andrea, a cambio de que el Nuncio Apostólico se alejase “voluntariamente” de su cargo, abandonando el país. Hasta principios de 1925, el arzobispado de Buenos Aires permaneció vacante. En esa época, propuesto para ocuparlo monseñor José María Bottaro, el Papa le concedió la correspondiente investidura. Y la llegada de un nuevo Nuncio, monseñor Cortesi, sirvió para limar las asperezas subsistentes. Sin embargo, la divergencia de fondo seguiría en pie hasta que, a fines de 1966, siendo presidente el general Juan Carlos Onganía, se firmó un acuerdo con la Santa Sede para resolver definitivamente la cuestión, con los alcances de un verdadero “concordato”. El inspirador de dicho acuerdo, que bregó incansablemente hasta lograrlo, fue el doctor Santiago de Estrada, digno nieto de José Manuel y heredero de su activa militancia.


A principios de abril de 1928 se realizan elecciones presidenciales, en las que aparecen enfrentados radicales “personalistas” y radicales “galeritas”. Los primeros llevan la fórmula Hipólito Yrigoyen-Francisco Beiró; los segundos a Leopoldo Melo-Vicente C. Gallo. Yrigoyen-Beiró duplicaron en votos a Melo-Gallo.


Pero, en el mes de junio, antes de asumir, muere el vicepresidente Beiró. De modo que en agosto se vuelven a reunir los Colegios Electorales y eligen en su reemplazo al doctor Enrique Martínez, cordobés.









Poco después de ser elegido presidente de la República, Marcelo T. de Alvear envió un intermediario a Ezequiel Paz, dueño de La Prensa, para invitarlo a conversar con él en la Casa Rosada. Aunque Alvear y Paz eran buenos amigos, con intención de dejar sentada la independencia del diario, respondió éste al enviado: “Dígale al doctor Alvear que entre La Prensa y la Casa de Gobierno hay la misma distancia que entre la Casa de Gobierno y La Prensa.”


En la noche del 14 de septiembre de 1923, Luis ángel Firpo –”El toro salvaje de las pampas”, según lo denomina la prensa norteamericana– disputa con Jack Dempsey la corona mundial de los pesos pesados, en el estadio Polo Grounds, de Nueva York. Al combate se lo recuerda como “la pelea del siglo”. Con un derechazo, Firpo arrojó a Dempsey fuera del ring, al cual no pudo volver a subir hasta pasados mucho más de diez segundos. No obstante ello, “El matador de Manassa” (Dempsey) ganó finalmente por KO, luego de derribar varias veces al argentino.



El 10 de febrero de 1926, Buenos Aires recibió con entusiasmo al hidroavión “Plus Ultra” que, por primera vez, cruza por aire el Atlántico, partiendo –como Colón– del puerto de Palos. Lo comandaba Ramón Franco, hermano del futuro caudillo español, siendo sus tripulantes Ruiz de Alda, Rada y Durán. En mayo de ese mismo año, los argentinos Duggan, Oliveros y Campanelli llevan a cabo otro vuelo notable, uniendo los EE.UU. con Buenos Aires.