desde 1900 hasta 1992
mesa de los vencedores
 
 

En noviembre de 1918 había terminado la Primera Guerra Mundial, con el triunfo de los aliados (Inglaterra, Francia, Italia, Japón, Rumania y los Estados Unidos). Dejaba como saldo 10 millones de muertos, 20 millones de heridos y 12 millones de toneladas en buques hundidos. Pero, sobre todo, quedaba pulverizada tras ella la ilusión utópica del “progreso indefinido” que alentaran los hombres del siglo XIX, oponiendo a ese sueño la realidad terrible de una Europa destruida por la técnica, puesta al servicio de viejas pasiones que siguen bullendo en el espíritu humano.


En enero de 1919 se firmó el Tratado de Versalles, cuyas cláusulas –implacables para con los vencidos– albergaban el embrión de otro drama, que se desencadenaría en 1939.


A instancias de los Estados Unidos se formó la “Sociedad de las Naciones”, antecesora de las Naciones Unidas. No obstante su carácter teóricamente universal, resultaban discriminados en su seno los países recientemente derrotados y los que habían permanecido neutrales durante el conflicto. Yrigoyen no aceptó esa situación, señalando que la Sociedad debía acoger a “todos los Estados soberanos” y no erigirse en la “mesa de los vencedores”. Pero, como su posición fue rechazada, los delegados argentinos se retiraron de la Sociedad de las Naciones, teniendo tal gesto vasta repercusión internacional.