Ensayo de la historia civil del Paraguay, Buenos Aires y Tucumán
Capítulo 13
 
 
Entra á gobernar el Tucumán D. Juan Ramírez de Velasco. Predica San Francisco Solano en el Tucumán. Primer establecimiento de los jesuitas de esta provincia. Los Calchaquíes se alborotan y son sujetados. Fúndanse las ciudades de la Rioja, la de San Salvador de Jujuy y la de la villa de las Juntas. Rebélanse los indios de Córdoba y son subyugados.


Los tiempos desastrados y calamitosos son los más á propósito para descubrir las raíces inficionadas de los gobiernos. Los que por algunos años subministran las agitaciones del Tucumán, las ponen de manifiesto. Provenían esas agitaciones de haberse hecho esta provincia un teatro de crueldades, avaricia y desorden. Pero todo esto tenía un origen más alto, y éste no podía ser otro que los vicios entronizados de la corte. Ministros ambiciosos, avaros y opresores, jamás podían inspirar ideas de justicia, frugalidad y clemencia. ¿Será posible que una corte que comunica á sus vasallos el gusto del pillaje, y que los saca de sus ocupaciones pacíficas para que sean los instrumentos de su ambición, fuese solícita en asentar su gobierno sobre la base de la virtud? Cuando fuese cierto que la corte de España se hubiese opuesto al progreso rápido de los vicios, siempre serían impotentes sus esfuerzos en concurrencia de sus ejemplos. A su imitación nunca podía dejarse de creer que se necesitaba una fortuna escandalosa para que los hombres fuesen dichosos y felices. Pero ya que este mal era por lo común inevitable, debió la corte, cuando menos, poner á la frente de estos gobiernos hombres que por su carácter fueran humanos y templados. En ninguna parte más que en América debió de ser la provisión de los empleos obra del mérito y la virtud, y en ninguna menos que en ella se procuró escoger que sólo caminasen bajo el ojo del deber. Las más veces hombres nuevos, desconocidos, sin talento ni moralidad, ocuparon estos puestos.

Por fortuna del Tucumán entró á gobernar esta provincia el 1586 D. Juan Ramírez de Velasco. Sus manejos populares, su aire afable, y las gracias que lo acompañaban, presagiaban desde luego un gobierno menos funesto que hiciese diversión á los males pasados. Comprobaron estas esperanzas aquella modesta simplicidad con que quiso distinguirse de los demás, aquel justo aprecio del mérito que nadie reconoce en mayor grado como el mismo que lo tiene: en fin, aquella veneración al sacerdocio, que descubre el carácter de un alma naturalmente religiosa. A pesar de esto el obstáculo de los desórdenes envejecidos de una república donde la corrupción se había comunicado mutuamente entre ciudadanos y magistrados, era harto poderosos para que las virtudes del nuevo gobernador pudiesen contrastar los vicios compañeros de esta avaricia grosera, que habían desnaturalizado las costumbres.

Lo que principalmente se echaba menos en la provincia, era el trueno de las grandes verdades sostenidas de la edificación. Es cierto que los prisioneros regulares habían hecho cuanto exigía su ministerio, pero á más de ser pocos, las frecuentes sublevaciones de los indios contra un poder mal afirmado y las turbulencias domésticas de los mismos conquistadores inutilizaron sus esfuerzos. El gobierno de Velasco tuvo la ventura de haberlo edificado con sus ejemplos y su predicación un varón tan singular como San Francisco Solano. A la frente de una tropa de religiosos de su orden que lo acompañaron desde el Perú, sembró por todas partes el grano de la palabra evangélica, y la hizo fructificar por sus obras y sus milagros. Un gran número de infieles se rindieron á sus eficaces persuasiones principalmente en los pueblos de la Magdalena y Socotonia, donde ejerció con celo inimitable el penoso oficio de doctrinero. Pero, como observa un escritor estimable, habiéndose visto en la necesidad de dejar estos suelos, su misión vino á ser como una de esas nubes pasajeras que por algún tiempo fertilizan las campañas, dejándolas después entrar en su primera esterilidad.

Por estos mismos tiempos tuvieron las costumbres de otro apoyo más permanente. La fama de un orden religioso conocido por el título de compañía de Jesús, y cuyo instituto era restablecer entre los infieles el reino de la verdad, había hecho que se solicitasen con instancia algunos de sus alumnos. Tres de ellos entraron á estas provincias por la vía del Perú á fines de 1586, y fueron recibidos por el prelado y el gobernador con todo aquel respeto y agasajo á que tiene derecho la virtud. Quinientas familias de que por entonces se componía la población de Santiago, y un gran número de infieles esparcidos en todo su distrito, presentaban una mies muy abundante al celo de estos hombres apostólicos. Ellos se dedicaron á recogerla con ardor, pero quisieron empezar por los domésticos de la fe, a fin de que su ejemplo facilitase á los demás el camino de su provechosa doctrina. Los corazones más libertinos oyeron levantarse del fondo de su alma la voz de una conciencia á quien los vicios tenían como enmudecida. No fue pequeño el triunfo de estos misioneros que los escuchasen con docilidad. El respeto y la veneración con que eran mirados por los españoles, previno á su favor el juicio de los indios, quienes se apresuraron á oír unas verdades tan bien sostenidas con el ejemplo, y tan útiles á la causa común.

Al paso que los indios de Santiago se aficionaban al yugo español por la benignidad con que lo suavizaban sus nuevos doctrineros, echaba nuevos brotes su aversión en el indomable Calchaquí. Siempre dispuesto á recibir las sugestiones del odio, se armó de nuevo bajo la confianza que le inspiraba el crédito del cacique Silpitode. Sus continuados insultos tenían inquietas y sobresaltadas á las poblaciones. Los vecinos de Salta tuvieron gran dicha de poderse defender en el recinto de la ciudad sin atreverse á aceptar los desafíos con que eran provocados. Para el gobernador D. Juan Ramírez de Velasco, eran estos procedimientos unos ultrajes ofensivos que no podía disimular su pundonor militar. En efecto él se propuso domar la altiva libertad de estos bravos nacionales, los más enemigos del yugo español, y tuvo la fortuna de conseguirlo.

En el año 1589, tercero de su gobierno, dispuso pues á este efecto una expedición de cien soldados españoles y trescientos indios amigos. Estas eran las ocasiones en que sus predecesores inmediatos cebaban su codicia á expensas del fondo público. El apuro en que lo encontró Velasco, lo obligó a echar mano de lo suyo, y á excitar el patriotismo de los pudientes á erogaciones voluntarias. Por estos medios logró ponerse en estado de dirigir su marcha al valle de Calchaquí, llevando en su compañía á uno de dichos misioneros, cuyos consejos veneraba. Una confederación guerrera debió poner á estos bárbaros fuera del riesgo de caer en sujeción, pero sus odios recíprocos eran opuestos á estos arbitrios de prudencia, y aún les hacían preferir el funesto placer de vengarse á sombra de los españoles al común interés de conservar su primitiva libertad. Desprevenidos y sin concierto no encontraron otro recurso que el de acogerse á las más inaccesibles eminencias, llevando consigo el espanto que es consiguientemente á la vista de un guerrero tan atrevido. Con todo, ellos fueron forzados en sus guaridas, y obligados á implorar la clemencia del vencedor. La humanidad con que fueron tratados, dio motivo para que los juzgase el gobernador por instrumentos aptos de sus designios. Siempre inclinado á los medios de una mansedumbre respectiva, hizo á algunos indios mensajeros de sus piedades para con otros pueblos á quienes ofrecía la paz. Los vencidos aceptaron con gusto esta comisión, pero se reservaron dar en ellas un espectáculo de barbarie. Seguía el gobernador sus marchas con parte de su gente, sirviéndole de guía los demás indios pacificados, cuando adelantándose estos una noche, y uniéndose con los de la embajada, tomaron de sorpresa un pueblo dormido en cuyos moradores vengaron ciertos odios mal olvidados, matando sin distinción de edad ni sexo á cuantos encontraron. Esta acción execrable llenó de horror á los españoles y puso al gobernador en necesidad de hacerles conocer que tenía por delito haberse prometido de su sombra tan afrentoso patrocinio. Por criminal que fuese esta carnicería ella produjo la ventaja de introducir en los demás pueblos un terror favorable á los conquistadores. Instruidos de este infortunio aceptaron la paz y reconocieron vasallaje. En seguridad del tratado fue trasladado á Santiago el cacique Silpitode con otros indios, donde experimentaron del gobernador toda la grata hospitalidad que pedía la política y era conforme á su carácter.

No satisfecho el celo del gobernador con esta venturosa y útil empresa, ni confiado en los muchos años de calma que habían precedido, se dedicó entre otras cosas á levantar una población en el distrito de los Diaguitas. Esperábase que con ellas se contendrían las incursiones del Calchaquí, que, aunque humillado, siempre era de temer. En 1595 dio principio á una ciudad que llamó la nueva Rioja por consagrar á su patria esta reverente memoria. A su regreso á Santiago quedaban sujetos tres mil indios en el corto recinto de ocho leguas. Debió subir el padrón, que se concluyó después, á un número muy considerable supuesto que se formaron cincuenta y seis repartimientos, tocándole en encomienda al gobernador diez y ocho pueblos, fuera de varias rancherías y anexo, y diez y siete á su hijo D. Juan Ramírez de Velasco, á lo menos es fuera de duda que logró el gobernador reducir los veinte mil indios que se había prometido. ¡Véanse las piedades de los gobernadores más clementes!

Las sumisiones de los indios que no se hallaban cimentadas por los medios de la persuasión y la caridad, siempre estaban expuestas á repentinas revoluciones. Muchos de esta jurisdicción de Córdoba situados en la sierra grande, se rebelaron por ese tiempo. El teniente Tristán de Tejeda los sujetó de nuevo con tanta diligencia como presencia de alma y los hizo servir al engrandecimiento de la conquista. Valiéndose de sus brazos penetró por sendas nuevas hasta Salinas, en cuya comarca redujo á vasallaje á los indios Escalonites. De este descubrimiento se aprovechó el gobernador para aumentar los tributarios de la nueva Rioja á quien adjudicó una parte.

El gobernador Velasco se había propuesto un plan muy vasto de operaciones, y sus desvelos se encaminaban á llevarlo hasta el cabo. En él entraban dos fundaciones más, cuyos resultados debían ser (á más de los comunes) asegurar en lo interior de la provincia una comunicación fácil y pronta, estrecharla por nudos recíprocos con el Perú y dar una impulsión favorable al estado lánguido de la industria. Fueron dichas fundaciones la de San Salvador de Jujuy, y la de la villa de Madrid de las juntas. Ambas tuvieron efecto el año de 1592. La de Jujuy, dos veces puesta en práctica y otras tantas demolida por los bárbaros, fue encomendada al noble y prudente D. Francisco de Algañaraz, quien la trazó de modo que hasta el día de hoy perpetúa su existencia á pesar de la obstinación con que ha sido combatida por todos sus extremos. La otra fue la de la villa de las Juntas, así llamada por haberse levantado sobre las márgenes del río Salado en el mismo sitio en que se une al de las Piedras.

Aun humeaba la mecha de la rebelión de Córdoba cuando un pequeño soplo la hizo revivir de sus cenizas. Los indios suspendían por algún tiempo la actividad de su odio, pero entonces obraba en secreto esta pasión, y esperaba cualquier pretexto para manifestarse. Quemando las iglesias, matando cuantos Yanaconas puso la desgracia entre sus manos, é hiriendo á muchos que escaparon con vida, dieron principio este año á su facción. A pesar de ser muy crecido el número de los pueblos insurgentes tuvo Tristán de Tejeda la osada libertad de presentarse en medio de ellos con sólo veinte y cinco hombres. Conocía este intrépido guerrero el carácter de estas almas abyectas y embrutecidas, y no podía ignorar que para hacerse obedecer y respetar bastaba estar acostumbrado á recibir el castigo de su mano. Una voz suya fue suficiente para tranquilizarlos, y para hacer que se precipitasen bajo el yugo.