Ensayo de la historia civil del Paraguay, Buenos Aires y Tucumán
Capítulo 8
 
 
Funda el Adelantado Zárate la ciudad de San Salvador. Crueldades de los indios. Conspiración contra Zárate. Entra éste a la Asunción. Su muerte. Gobierna interinamente Mendieta. Juan Torres de Vera le sucede en propiedad. Excesos de Mendieta. Su muerte. Gobierno interino de Juan de Garay. Fundación de Villa-Rica.


Dejamos al general Juan de Garay triunfante de los Charrúas en vísperas de fundarse la ciudad de San Salvador sobre las márgenes del Uruguay. Melgarejo que se le unió poco después, y que supo todas las circunstancias de este feliz acontecimiento, llevó estas buenas noticias al Adelantado Zárate, que aún subsistía con su gente en la isla de Martín García. El Adelantado las recibió con todo aquel placer que sucede á la turbación del miedo. Con la prontitud posible se trasladó al Uruguay, y dió principio á la ciudad proyectada. Por una vanidad disimulable han acostumbrado los conquistadores dejar algunas veces á la posteridad en los nombres de las provincias conquistadas una memoria de sus acciones. Zárate sin haberlos imitado en el valor, los imitó en la vanagloria. Después de haber dado forma á la ciudad de San Salvador, decretó que la provincia, dejado su antiguo nombre de Río de la Plata, tomase en adelante el de la Nueva Vizcaya, de quien traía su origen. Fué poco dichosa esta ambición, porque más equitativo el pueblo no quiso adjudicar esta gloria á quien menos la merecía, y prefirió conservar el que se hallaba afianzado con una prescripción de medio siglo.

Si bien las pasadas derrotas de los bárbaros los hicieron más cautos, no más amigos. El furor que no pudieron descargar en nuestras tropas lo descargaron en nuestros cautivos. Espanta la imaginación la pintura de estas crueldades. Hombres mutilados de pies y manos, puestos otros en blanco a las saetas, aquellos empalados, éstos enterrados con vida, cuerpos palpitando en las arenas y miembros esparcidos por todas partes, este es el espectáculo que abrió la rabia de los bárbaros, y el que nunca presentará la historia, sin que gima la humanidad.

No eran estas escenas espantosas las únicas que hacían deplorable la suerte de los españoles. Un infeliz gusto de autoridad arbitraria, que era todo el fondo del gobierno de Zárate, llevaba la desolación á los extremos. No contento el Adelantado con haber aumentado el odio á los bárbaros, negándose al rescate del hijo del Caayú, cacique Guaraní, a pesar de la mediación de Garay, parece que se había propuesto enagenarse las voluntades de los suyos con todos los ultrajes de un duro despotismo. Fácilmente lo consiguió, llegando el odio a desear hiciese número entre los muertos, quien tan poco aprecio hacia de los vivos. El vicario Trejo, por un efecto de esta aversión común, consintió en el atentado de proceder á su captura y remitirlo á España con el proceso de sus desafueros. Sé había ya perdido el miedo a este género de desacatos, sin más razón que hallarse multiplicados. Pero tuvo el vicario la infelicidad de caer en el mismo lazo que tendía a su contrario porque advertido Zárate de la conspiración, se aseguró de su persona.

Este era el estado de las cosas cuando llegó de la Asunción el socorro, en cuya solicitud había partido el general Juan de Garay, quien de regreso se quedó en Santa Fe. No esperaba más el Adelantado que este auxilio para dirigirse á la capital. En efecto, puesta su marcha en ejecución llegó á ella acompañado del vicario Trejo, á quien entregó al previsor capitular. Exigía la prudencia dirigir sus primeros pasos á la luz de un ojo observativo, dejando á la ocasión el remedio de los males que advirtiese. Zárate estaba muy distante de este cuerdo manejo. Lleno de vanidad, y conociendo poco el verdadero arte de gobernar, con más anhelo por dominar a los hombres, que por hacerlos felices, manifestó desde su entrada las pequeñeces de su espíritu. No bien puso el pié en la Asunción, cuando rescindió las mercedes que había hecho el teniente Martín Suárez de Toledo, y dió por nula su elección. No era necesario más para que desabriese á todos, y se cargase con el odio de muchos pudientes; pero hizo más aborrecido su poder, cuando por sus planes quiméricos de reforma introdujo la confusión en la provincia. Adviertan los celadores del bien público, que pueden llegar á ser los perturbadores de su reposo siempre que traspasen los justos límites.

No faltaron personas juiciosas, que le representasen las consecuencias de su celo inmoderado; pero nada fué bastante a contenerlo; porque no había consejo por sabio que fuese, que no lo reputase inferior á sus alcances. Con esta conducta imprudente iba echando el colmo á la aversión común, y tocaba bien cerca el momento de su castigo. Llegó este luego que advirtió Zárate que aborrecido casi de todos, y hecho el objeto de la execración pública, se hallaba amenazada su vida al derredor de unos súbditos enconados y nocivos. El flaco y presuntuoso Adelantado no pudo sostener este golpe de calamidad, sin dejarse poseer de una tristeza que abrevió la carrera de sus días, y lo llevó al sepulcro. Murió Zárate el año de 1575. Hubiera parecido digno del mando, sino hubiese mandado; siendo cierto, que en el estado de una condición privada dejó concebir una esperanza que desmintió en la pública.

Antes de morir Zárate pidió perdón de sus yerros. Su elección para el gobierno interino en su sobrino Diego de Mendieta hiciera dudar de su arrepentimiento, si no supiéramos que fué fruto de la extorsión. Era Mendieta uno de esos monstruos formados de los vicios más infames. Por fortuna enmendó la elección del tío, corriendo apresuradamente á su ruina, como veremos poco después. Por lo que hace á la propiedad del Adelantazgo dispuso Zárate recayese en quien casase con su hija, Doña Juana Ortíz de Zárate, que residía en Chuquisaca. El capitán Juan de Garay, uno de los ejecutores testamentarios, partió en diligencia al Perú, y dio noticia de este suceso á la heredera.

Fueron varios los sujetos de calidad, que aspiraron á su mano, pero ella prefirió al licenciado Juan Torres de Vera, ministro togado de aquella Audiencia, sujeto que supo unir la profesión militar a las tareas pacíficas del senado. Por honrados que fuesen estos enlaces, no dejaron de sufrir temibles contradicciones.

La mano de Doña Juana la destinaba el virrey de Lima, D. Francisco de Toledo, á otro ahijado suyo, cuyos servicios quería remunerar. La inclinación de los consortes burló estas miras de interés; pero los expuso á las venganzas de un poder tan autorizado. El Adelantado Torres de Vera fue conducido preso a Lima, en cuya desgracia hubiera sido envuelto Garay a no haberse puesto en salvo, tomando la provincia con los poderes de Vera. Aunque pasado mucho tiempo volvió á ocupar este su plaza de oidor, mientras la corte decidía sobre su entrada al Río de la Plata. Tuvo también aquí que purgarse de los cargos, de que en consorcio de otros ministros fué acusado hasta un visitador. Estos azarosos contratiempos retardaron la posesión de su adelantazgo hasta el año 1581.

El orden de la historia pide una ojeada sobre el interino gobierno de Mendieta. A la verdad, no es fácil concebir tanta depravación en los cuatro lustros de que apenas se componía su edad. El poder de que se vió revestido, sólo parecía haberlo aceptado para ponerse en disposición de consumar su delito. Leyes, costumbres, humanidad, razón, todo es ultrajado hasta el exceso. El comienza su gobierno por alejar de su lado al prudente Martín Duré, cuyos consejos (según las disposiciones de Zárate) debía respetar como leyes. A los consejos de Duré substituyó los de otros libertinos, que incensando sus caprichos merecieron su acogida. Siempre agitado de desconfianzas y terrores persiguió á los hombres de mérito. Cuatro vecinos principales ennoblecieron los calabozos sin más delito que ser justos. Otras tantas cabezas ilustres fueron condenadas á vejaciones tiránicas en fuerza de las menores sospechas. Su crueldad llegó al exceso de multiplicar los suplicios, y de bañarse en sangre de muchos inocentes. Pero al fin, fueran tolerables estas escenas espantosas si al sacrificio de las vidas, no hubiese añadido el del honor. Siendo como era la lascivia una de sus pasiones dominantes hizo servir a sus apetitos todo lo que el decoro, la decencia, y la honestidad tienen de más respetables, sin perdonar edad ni estado. Valíase muchas veces de la fuerza, y ejecutaba el delito á pesar de la resistencia, gustando entonces el placer de unir en una misma acción la sensualidad y la venganza. Las prisiones, los destierros y aún las muertes comprendieron no pocas veces á lo que podían servir de estorbo, reclamar el agravio.

Causa espanto que unos españoles tan poco acostumbrados á sufrir los menores desacatos, pudiesen tolerar los de un impío abiertamente descarriado. Sin duda permitía Dios esta calamidad por expiar los delitos públicos: pues lo cierto es, que tenía determinado arrojar el azote al fuego cuando lo hubiese conseguido. Acercóse este feliz momento, luego que resolviéndose Mendieta a pasar al Perú, tocó en su tránsito la ciudad de Santa Fe. Un impulso de su natural altivez lo estrelló aquí contra el teniente Francisco Sierra, á quien en sus palabras ofensivas le hizo sentir toda la ferocidad de su alma. Aún no satisfecho de este ultraje, parece que intentaba apaciguar con la vida de este sus enojos. Juzga el prudente Sierra, que prevenía el golpe ganando asilo; pero lo engañaba su confianza, porque Mendieta lo prende en el lugar santo, y lo lleva como víctima al suplicio. El pueblo se conmueve, la escena se cambia. El perseguidor de Sierra es perseguido hasta su casa. Teme ser abrasado en ella, y obtiene por misericordia la vida á condición de abdicar el mando. Fórmasele su proceso, y es remitido á España; pero habiendo conseguido corromper al piloto de la embarcación, viene de arribada á San Vicente, cuyo gobernador se le aficiona, hasta prometerle á su hija en matrimonio, y darle auxilios para recuperar su gobierno.

Este golpe de felicidad volvió la respiración á Mendieta, pero no el juicio: había empezado ya á formarse la cadena de sus infortunios, y estaba decretado que llegase al último eslabón. Véamos como él mismo se lo labra. Partió Mendieta de San Vicente en la misma carabela que lo condujo, trayendo consigo soldados, pertrechos y buenas esperanzas. El carácter indomable de esta fiera lo alejaba de la política, que sabe contemporizar con aquellos de quien depende. En la prosperidad á nadie perdonaba. Y se hacía de sus propios aliados otros tantos enemigos. No bien la embarcación había desplegado las velas, cuando él soltó las de su arrogancia y altivez. Desprecios y baldones á la gente era la moneda con que parecía haberla asalariado. Pesábales á todos haber dado su protección á un aturdido, y discurrían ya tomar de nuevo el Brasil, cuando una tempestad los arrojó á tierra de Caribes. La sevicia de Mendieta en todas partes hallaba materia de que nutrirse. Los indios fueron tratados con crueldad, y no menos los que no lo eran. A un soldado suyo y á un mestizo mandó aquí descuartizar. Estos excesos criminales, que salen de la esfera de las cosas comunes, al fin amotinaron la paciencia del piloto y los demás. Puestos de común consentimiento resolvieron acabar con este monstruo, autor de tantas desdichas. En efecto, al silencio de una noche, en que aprontados todos se hallaban abordo de la embarcación, tomaron en secreto la vela, dejando en tierra á Mendieta con siete compañeros de su facción. Los bárbaros no deseaban otra cosa que vengar sus ultrajes. Acometiéndoles en tropel les dieron muerte, y se los comieron casi á vista de la carabela.

La colonia de San Salvador había estado desatendida, así por la muerte de Zárate, como por los disturbios de Mendieta. En esta especie de desamparo no era posible subsistir teniendo siempre á la vista un enemigo tan implacable como el Charrúa, siempre sediento de sangre española. Las justas inquietudes que inspiraba á los vecinos tan triste estado, los obligaron á desalojarlo, y refugiarse á la Asunción en 1576.

La muerte de Mendieta, y aún más la veneración á la persona del teniente general, Juan de Garay, le allanaron los caminos al ejercicio de su cargo. De Santa Fe partió á la Asunción todo ocupado de pensamientos útiles con que deseaba recomendar su generalato. Como diestro político convirtió sus desvelos al acrecentamiento de la provincia, y tomando consejo de las personas más expertas, resolvió dar principio á una nueva población. El anciano Ruiz Díaz Melgarejo, que con importantes servicios había reparado sus pasadas inobediencias, se hizo cargo de esta empresa. Desempeñóla lleno de actividad y celo, habiendo fundado en el mismo año de 1575 á Villa Rica del Espíritu Santo 40. La fama de guerrero que en el largo periodo de casi cuarenta años se había adquirido, fué la mejor muralla que le puso. No hubo enemigo comarcano á quién no desarmase el terror de su nombre.