Ensayo de la historia civil del Paraguay, Buenos Aires y Tucumán
Capítulo 7
 
 
Fúndase la ciudad de San Miguel del Tucumán. Entrada de Aguirre a los Comechingones. Prenden los soldados al gobernador Aguirre. Destierran los conjurados al capitán Medina. Fundan los conjurados la ciudad de Esteco. El capitán Medina cae sobre los conjurados. El teniente Juan Gregorio Bazán atraviesa el Chaco y llega al Paraná. Absuelto por la Audiencia de Charcas, el gobernador Aguirre es restituido al mando. Es preso por la inquisición de Lima. El gobierno del Tucumán es dado a don Gerónimo Luis de Cabrera. Funda la ciudad de Córdoba. Llega hasta la torre de Gaboto.


La experiencia había demostrado, que sin el establecimiento de nuevas ciudades, era imposible se dilatase el dominio español. Por el contrario, con ellas se esperaba, que los pueblos, ó contrajesen nuevas alianzas, o en caso de resistencia experimentasen el poder de varias fuerzas armadas. El gobernador Aguirre, como tan versado en estas materias, estimó estas razones de importancia, y se decidió á levantar una población en aptitud de oponerse á las irrupciones del bravo Calchaquí. Hechos los aprestos necesarios, encomendó esta noble empresa a su sobrino el capitán Diego de Villaroel. En 1565 abrió este general los fundamentos de una ciudad que intituló San Miguel del Tucumán en la falda de una áspera montaña y á la altura de los 28 ó 27 y medio grados. La capitación de los indios sumisos subió al número de diez mil, los que se repartieron en encomiendas los vecinos pobladores.

Era ya otro el semblante de las cosas. Las convulsiones, que los bárbaros dieron poco antes a esta provincia, habían ya cesado, y si se aborrecía en igual grado el yugo de las leyes, a lo menos el temor inclinaba las cervices. Con esta seguridad procedió Aguirre a publicar la jornada de los Comechingones, indios establecidos en el distrito de Córdoba, y donde entró á fines de 1565. Amedrentados estos bárbaros con la fama de Aguirre, le recibieron de paz, prometiendo una sujeción que alimentaba su vanidad. Otro interés mayor entretenía la esperanza de sus soldados. De tiempo atrás venía muy válida la noticia de unas tierras opulentas, situadas hacia el sudoeste, que con el nombre de Trapolanda ó de los Césares, habían inquietado inútilmente la codicia del vulgo. Lo indios pasaron esta noticia a los soldados de Aguirre, cuya credulidad comunicándole un ser que no tenía, exigían esta jornada como premio de sus fatigas. Aguirre era demasiado experto para que entrase en la empresa de un bien tan imaginario. Sea su justa repulsa, sea la natural altivez con que los tenía irritados, ó sean en fin otras causas, lo cierto es, que desde aquí quedó declarada la aversión de sus soldados, y muy dispuestos los ánimos á la venganza.

Diego de Heredia y Juan de Berzocara, dos hombres denodados, tomaron de su cuenta soplar el fuego de esta sedición, y hacer se manifestase en el momento de tener efecto. Viéronlo arribar cuando volviendo el gobernador de los Comechingones, se puso en un paraje llamado los altos de Aguirre. Para dar al atentado, que meditaban, un aire de religión y de piedad, no se descuidaron los conjurados en manifestar secretamente cierto mandamiento del juez eclesiástico, en el que se hallaba decretada la prisión del desgraciado Aguirre. Todo cabe en los principios absurdos de estos tiempos, y que tanto influyeron sobre la suerte política de los pueblos. Dispuestas todas las cosas, y a merced de una fraudulenta sorpresa, lo prendieron la misma noche del arribo juntamente con sus hijos. Habiendo substituido después otros jefes militares en lugar de los antiguos, lo condujeron con buena guardia á la ciudad de Santiago. A consecuencia de esta atrevida acción, se apoderaron los amotinados de todo el mando. Cárceles, destierros, confiscaciones, todo se puso en uso para atemorizar á los leales y afianzar la tiranía.

El mérito y las virtudes del capitán Medina hacían un fuerte contrarresto a esta empresa de rebelión. Ponerse en estado de no temerlo interesaba mucho a sus autores. Ellos lo prenden, lo despojan de sus bienes y amenazan su vida, si prontamente no toma el partido del destierro. Medina logra ponerse en huída y escapar de un poder injusto sin rastros de piedad. Oculto en las tierras de Conso, esperó allí una suerte menos adversa. Libres los conjurados de este enemigo abrieron su proceso al gobernador. Temió Aguirre que su cabeza rodase ignominiosamente sobre un cadalso; pero sus enemigos lo destinaban a que en calidad de delincuente diese cuenta de su persona en la Audiencia de Charcas. Con una respetable escolta fué remitido a este tribunal en 1566.

Un ánimo doloso, cuyo fin era ocultar el motivo de sus acciones, y persuadir al mundo, que en esta rebelión no había tenido parte el deseo de la venganza, sino el amor á la patria, inspiró á los conjurados el designio de levantar una nueva ciudad. A este principio debió su cuna la de Esteco, origen correspondiente á su fin trágico. Según parece, dióse principio a esta fundación entrado el año de 1567 á los o 27 medio grados de altura, sobre las márgenes del río Salado, en un sitio enriquecido con todos los dones de la naturaleza. Un crecido número de brazos 38 en manos de cuarenta pobladores activos y laboriosos llevaron muy en breve la cultura del terreno á un alto punto de prosperidad. Viéronse recoger en esta población pingües cosechas de algodón, cera, miel, colores para los tintes, y otros muchos frutos estimables. La mano de obra creció en proporción de esta abundancia, llegando á conseguir la industria de Esteco, que le fuese tributario el lujo peruano. Estos medios de adquisición produjeron fortunas muy rápidas. Refieren los historiadores, que sobraban las riquezas para poner á los caballos herraduras de plata, y quizá de oro. No es de admirar. Acaso no sabemos lo que puede un pueblo industrioso, que no conociendo aun las superfluidades, dirige sus afanes a las cosas útiles. Pero es cosa bien sabida que las fortunas opulentas son un síntoma manifiesto de la decadencia de un pueblo, cuando estas son exclusivas y peculiares á unos pocos; y no lo es menos, que las riquezas son como esos licores espirituosos, que tomados con excesos nos hacen contraer necesidades ficticias, y nos conducen a la aniquilación, cuando parece que animan nuestras fuerzas. Por estas causas vino Esteco á los setenta años de edad en sumo atraso y pobreza; porque unido al lujo de los ciudadanos el duro tratamiento de los encomenderos, la despoblación y miseria, siguieron muy de cerca sus pasos hasta que en el espantoso temblor del año de 1692 quedó del todo sumergida.

Volviendo a tiempos más atrasados vemos que los rebeldes se habían familiarizado con la violencia contra los vecinos más honrados, y que premiando con el libertinaje á sus parciales, tenían siempre en ellos seguros ministros de su furor. La impresión de tantos males obraba con toda su eficacia en el ánimo del capitán Medina, que como teniente general de la provincia se creía en responsabilidad, á no meditar alguna empresa capaz de corregirlos. Desde el fondo de su reino pulsó la fidelidad de algunos sujetos principales de Santiago, quienes correspondiendo á sus designios lo animaron a una acción digna de sí. Su proyecto era caer de sorpresa sobre los rebeldes y despojarlos de la autoridad usurpada. Concertadas todas las cosas, y habiéndosele asociado algunos vecinos de San Miguel, que llenos de una noble emulación deseaban tener parte en esta gloria, ejecuta su designio con tanta felicidad como valor. Entra secretamente en la ciudad Juan Pérez de Morino, Miguel de Ardiles y Nicolás Carrizo, tres sujetos de gran séquito, se unen prontamente al libertador de la patria. El resto de los ciudadanos se apresura á seguir un tan bello ejemplo. Heredia y Berzocara gustan en su trágico fin el fruto de su alevosía, y hecho el proceso á los demás secuaces, queda restituida la provincia á su antigua tranquilidad.

La real audiencia de Charcas, á quien Medina dió personalmente cuenta de sus operaciones, se creyó en obligación de añadirles el sello de la autoridad. Los peligros de que se hallaba amenazada la importante vida de este vasallo movieron también al tribunal á concederle privilegios, que decorando al mismo tiempo su persona, lo pusiesen en seguridad. En su virtud fuele lícito cargar armas dobladas, traer guardia de arcabuceros, cuerda encendida y cota descubierta. Ciertos asuntos de grave consecuencia impidieron por entonces su regreso á la provincia. La causa del gobernador Aguirre aún no se hallaba concluida. Entretanto dióse el mando interino de ella al general Diego Pacheco. 39

Era dotado este general de una alma noble y desinteresada. Sus honrados procederes le ganaron en breve la afición de los pueblos. Aunque ajustado á sus instrucciones anuló la fundación de Esteco; creyéndola con todo necesaria á reprimir las animosidades de los del Chaco, tuvo bien crearla de nuevo en 1567; y para que su antiguo nombre no excitase ideas de rebelión siempre fatales á la fidelidad del vasallaje, mandó que se llamase en adelante Nuestra Señora de Talavera.

Entre sus disposiciones acertadas debe contarse la elección que hizo de Juan Gregorio Bazán para su lugarteniente, y capitán á guerra en esta nueva ciudad. Las continuas hostilidades del bárbaro enemigo la habían puesto muy vecina á su destrucción. Peleando por su suerte, disipó sus temores, y se adquirió derechos á su reconocimiento. Impelido de sus alientos concibió el proyecto atrevido de atravesar el Gran Chaco. Con sólo cuarenta soldados que lo amaban, porque al mismo tiempo era su modelo y su bienhechor, enarboló la insignia real en esta tierra nunca trillada de huella española. Las márgenes del Paraná lo vieron con espanto, y después de haber firmado paces ventajosas á la seguridad de la provincia, dió la vuelta sin pérdida de ningún hombre. Este hecho otros muchos de esta clase nos pintan muy al vivo aquella enorme distancia en que nos hallamos de nuestros padres. Una empresa semejante pasaría en el día por temeridad, porque tenemos á los bárbaros el temor que antes nos tenían ellos. Las causas morales de esta diversidad son bien patentes. Las costumbres simples y duras de nuestros antepasados, su extremada frugalidad, para cuyo contentamiento todo bastaba, el mérito de la guerra de que hacían profesión, y en fin el hábito de afrontar a la muerte y hacerse una diversión de los peligros, todas estas causas se encuentran substituidas por la blandura, el lujo, la intemperancia y el reposo. ¿Qué extraño es se haya apagado el valor en la sangre de los ciudadanos? Las noticias adquiridas por Bazán y su gente, avivaron el deseo de adelantar la conquista hacia la parte del Chaco. Este era el objeto que ocupaba las atenciones de Pacheco, cuando la vuelta de Aguirre puso un término a sus proyectos. Absuelto de sus cargos este gobernador, fué reintegrado en sus empleos. Proceder nada cuerdo que condena la política, poner la suerte de muchos súbditos en manos de la venganza. El suceso acreditó esta máxima. Que se imaginen unos pueblos agitados de la discordia, y donde el odio del que manda justifica las proscripciones: este es el espectáculo que presenta esta provincia. Pero Aguirre debió advertir, que el poder más legítimo ejercido con barbaridad, es muchas veces funesto igualmente al opresor que al oprimido. Los mismos medios que empleó para infundir terror en los ánimos, los indujo á prevenir los peligros y los efectos de su rigor; unidos de intención muchos vecinos suscitaron especies mal olvidadas sobre materias en que incauto se había entrometido Aguirre. Pertenecían algunas de estas al fuero del santo oficio establecido en Lima; quien oídas las delaciones, decretó su prisión. Fué auxiliada esta providencia por el virrey D. Francisco de Toledo, mandando en lugar de Aguirre al gobernador Diego de Arana.

Entró este a la provincia el año de 1570. No bien puso el pie en ella, cuando manifestó su disgusto. Contento con ejecutar el arresto, hizo dimisión del mando y dió la vuelta á Lima llevando consigo al reo. Hay fundamento para creer que fué absuelto de sus cargos; pues parece que á no haberse anticipado su muerte, hubiera obtenido el gobierno de Chile, á que tres años después lo destinaba el señor D. Felipe II. Arana encomendó la provincia a Nicolás Carrizo a solicitud del benemérito Ardiles, que con noble desinterés resistió entrar en el mando, aunque nombrado interinamente por el virrey.

Todo el bien que se logró en estos gobiernos momentáneos y precarios, fué haberse mantenido la provincia en paz y tranquilidad. Por lo demás, la conquista no habla adquirido progreso alguno. Estaba reservada esta gloria al inmortal D. Gerónimo Luis de Cabrera. Nobleza de sangre, inclinaciones marciales y valor heroico, amor de la gloria y de la patria, bondad generosa, franqueza de trato; estas eran las dotes que formaba su carácter y las que lo hacían digno de gobernar a sus semejantes. Conociólas desde luego el virrey D. Francisco Toledo, exacto apreciador del mérito, quien por una gracia singular en su género le concedió en propiedad este gobierno. La fama de Cabrera hizo que se le uniesen algunos sujetos principales, que habían militado con buen crédito en la conquista del reino. Entre muchas aclamaciones bien merecidas, tomó posesión de su gobierno el año 1572.

La paz, de que los bárbaros habían dejado gozar a la provincia, no tanto era un efecto de su docilidad, cuanto de su temor. Quisieron romper sus cadenas, pero se recelaban hacerla más pesada. En esta duda prevaleció el deseo de verse libres. Los Holcos, los de Silipica y los de Caligasta, volvieron sucesivamente al teatro de la guerra. Cabrera como capitán experimentado los venció á todos, y radicó la subordinación. Nada era esto en su estimación, si no añadía nuevas conquistas a las de sus predecesores. La provincia de los Comechingones hacía tiempo que era el objeto de sus miras políticas y guerreras; porque a más de dar con ella un realce a su gloria, esperaba estrechar por esta parte la comunicación de los dos mundos. El se propuso fundar en ella una nueva ciudad, y lo verificó en 6 de julio de 1573, abriendo los cimientos a esta ciudad de Córdoba, sin disputa la más célebre del Tucumán.

Un deseo de engrandecer esta obra de sus manos hizo que se apresurase a darle una vasta jurisdicción territorial sobre muchos pueblos adyacentes. Con este objeto, después de haber construido un buen baluarte en el Pucará para defensa de la población, que por entonces le era vecina, alargó sus descubrimientos hasta las márgenes del Río de la Plata. La torre de Gaboto le ofreció un puerto ventajoso a sus ideas. Cabrera no se detuvo en demarcarlo, adjudicándole a su Córdoba con veinte y cinco leguas a una y otra parte de sus costados, y todas las islas que el río forma allí.

No lo hizo esto sin alguna oposición de los naturales. Los Timbúes, ya sobre las armas para contener los Progresos del capitán Juan de Garay, fundador de Santa Fe, las volvieron contra Cabrera. El militar denuedo con que fueron desbaratados, les hizo conocer á los bárbaros, que todos los españoles eran uno. A este encuentro sucedió la contienda sobre límites territoriales, que dejamos apuntada en el capítulo III.

Cabrera dió la vuelta, no para gozar en un ocio tranquilo el fruto de sus conquistas, sino para entregarse á nuevos cuidados, tan gloriosos á su memoria, como útiles al estado. Teniendo siempre consigo muchos valerosos capitanes, pero principalmente á D. Lorenzo Suárez de Figueroa, Tristán de Tejeda y Miguel de Ardiles, cuyos nombres vivirán eternamente en los fastos del Tucumán, hizo doblar la cerviz á más de cuarenta mil bárbaros, que reconocieron el vasallage.