Ensayo de la historia civil del Paraguay, Buenos Aires y Tucumán
Capítulo 13
 
 
Irala es hecho gobernador en propiedad. Viene el primer obispo. Forma Irala las ordenanzas. Chavez parte contra los Tupís. Melgarejo funda a Ciudad Real. Muerte de Irala. Mendoza entra en su lugar. Disputa de Chaves con Manso.


Cuando estas cosas así pasaban, llegaron por la vía del Brasil noticias de tanta importancia que debían producir un nuevo orden de cosas. Estas eran la propiedad del gobierno conferido al general Irala, y la venida del primer obispo que ocupó esta iglesia. Por parte de Irala el buen suceso de una pretensión á que había sacrificado hasta el honor y la conciencia, reparó en su ánimo aquel pasado contratiempo. Por la del pueblo fué aplaudida esta promoción. Tal era el artificio de este feliz usurpador, que disfrazando los vicios con las virtudes, la severidad con los halagos, el mal presente con la esperanza de un bien futuro, se concilió las voluntades, é hizo olvidar sus pasados yerros. Debe confesarse en honor de la verdad, que su conducta era muy diferente de la que observó al principio de su tiranía. El evento confirmó en breve aquella noticia anticipada. Dos navíos al mando del general Martín de Orúe, tomaron puerto en la Asunción, y con el obispo D. fray Pedro de la Torre, religioso franciscano.

Unas provincias pobladas de gentiles, á quienes como esclavos fugitivos de la ley natural era necesario traer á su yugo, y hacerles conocer las verdades de la religión revelada, exigían desde luego auxilios no menos grandes, que oportunos. Persuadido el emperador Carlos V que el influjo de los pastores del primer orden debía levantar el edificio de la religión sobre cimientos más sólidos, que los que pudo darles el celo, muchas veces mal dirigido de los que hasta aquí se habían ejercitado en las funciones del apostolado, solicitó de Paulo III la instalación de un nuevo obispado en la provincia del Río de la Plata. Este pensamiento tenía también otra ventaja, cual era la reforma de las costumbres públicas de los mismos conquistadores, sobre las santas máximas del Evangelio. Hubiera sido un prodigio, de virtud no conocido en los anales del mundo, preservarse de la depravación en medio de los mayores incentivos, que jamás tuvo la flaqueza humana. Era pues conveniente que un jefe principal de la potestad espiritual recuperase á la conciencia ese tono imperioso, que hablan enflaquecido los vicios, y representase las verdades espantosas de la religión bajo aquel temple fuerte que asegura una impresión saludable. Por Bula de 1547 fué cometida á D. Fray Juan de Barrios y Toledo, primer obispo de esta nueva iglesia, la elección de este obispado de la Asunción 22. A diez de Enero del año siguiente verificó su comisión por medio de una acta solemne. En un tiempo en que los emolumentos eran tan tenues, los fondos públicos fueron destinados á la congrua sustentación del prelado y demás ministros. No logró la provincia los reglamentos de sabiduría que se prometían de un varón tan esclarecido; porque disponiéndose para pasar á su destino, fué asaltado de enfermedades que desvanecieron tan bellas esperanzas.

Por su muerte, ó su renuncia, recayó esta cátedra episcopal en el ya mencionado D. Fray Pedro de la Torre. Su entrada en la Asunción, que fué la víspera de Ramos de 1555, extendió el regocijo en todas las clases de los ciudadanos. No fué pequeña la consolación del prelado al verse con un clero compuesto de doce sacerdotes seculares, dos religiosos de San Francisco, y dos de la Merced, de quienes pensaba servirse para dar progresos más rápidos al cristianismo, y levantar establecimientos que hiciesen su nombre respetable.

Irala se hallaba ausente de la ciudad: instruido del suceso vino sin tardanza á cumplimentarlo. Las recíprocas demostraciones de afecto, que se dieron estas dos cabezas de la república anunciaron un armonioso concierto, que debía ser la base de la felicidad pública.

Tomó de nuevo Irala las riendas del gobierno con los socorros de armas, municiones y soldados, que le entregó el capitán Orúe. Su afabilidad, la contracción á sus obligaciones, la prudencia de sus reglamentos eran los mejores medios de dar á su ambición un colorido de justicia. Con estas miras puso en seguridad el giro de los negocios públicos, reanimó la industria popular, promovió esas escuelas de primeras letras que son los elementos de la razón, edificó la catedral y las casas consistoriales con la suntuosidad de que eran susceptibles las circunstancias, contribuyó á la decoración del pueblo, fomentó un astillero para la construcción de los barcos, donde trabajaban de continuo más de dos mil artesanos, y se dedicó especialmente al repartimiento de los indios entre los conquistadores, á quien se dió el nombre de encomienda, pudiendo reputarse por uno de los beneficios militares. Una funesta experiencia había acreditado que el servicio gratuito de parte de la tropa era una de las causas de sus violencias y usurpaciones. Para remediar este desorden formó Irala padrones por los que se contaban hasta veinte y siete mil indios de armas, los repartió y dictó esas ordenanzas, que obtenida la aprobación del rey fueron por mucho tiempo el código legal de estas provincias. Si hemos de dar fe al señor Azara, por ellas se confería posesión á título de encomienda á cualquiera que tornase sobre sí el empeño de reducir por bien, ó por fuerza alguna población no muy crecida 23. Los indios, así reducidos, se tenían por Mitayos, cuya obligación era de servir dos meses por su turno al vecino encomendero desde los 18 hasta los 50. Pero si las poblaciones eran demasiado numerosas, se levantaba una ciudad, o villa de españoles, quienes se dividían entre ellos, y formaban encomiendas, ó bien de Mitayos, ó de originarios y Yanaconas, á quienes los encomenderos retenían corno domésticos, y los obligaban á servir según su entera voluntad. Nadie habrá que no advierta que la base de estas ordenanzas era el servicio personal, y que por lo mismo ellas no hicieron otra cosa que autorizar a opresión y el latrocinio. El curso de esta historia traerá á la pluma los males que causaron, y las eficaces providencias de la corte por abolirlas.

Vencedor Irala de sus enemigos, amado aun de sus émulos, respetado de todos, condecorado con el gobierno, continuó manejándose en adelante como magistrado sabio, capitán prudente, padre de su pueblo y árbitro equitativo de los extraños. Si á más de lo dicho buscamos la razón de esta metamorfosis, la debemos encontrar en el mismo interés del vencedor, y en el de los compañeros de su fortuna. Los pueblos sometidos, lejos de provocar su ira, recibieron sin murmurar el destino, que á bien se tuvo señalarles. Siendo este el de los repartimientos, nunca convenía menos exterminarlos. Por el contrario, promover aquella tal cuál cultura de la razón, que permitían las circunstancias, y que conduce á los principios de la vida social, aficionarles al trabajo mostrándoles las riquezas que la tierra abriga en sus senos, dar un nuevo ser á la vegetación, enseñarles todos los medios, no sólo de conservar su existencia, sino también de labrar el opulento patrimonio de los encomenderos, y en fin, adelantar los establecimientos con aumento de la felicidad pública y privada, esto era todo lo que exigía el plan de una política sensata. El genio vasto del gobernador Irala, capaz de abrazar las combinaciones más complicadas del mando, desempeñó estos objetos, y se hizo digno de vivir en los fastos de estas provincias. Por arreglado que hubiese sido el repartimiento de los indios, no pudo ser á contentamiento de todos. Estos eran menos de los que se necesitaban para que no quedasen muchos sin beneficio. Este motivo, unido á otros de mayor peso, inclinó al gobernador á meditar dos nuevas poblaciones, una en la provincia del Guaira, y otra en los jarayes. Pero antes quiso poner freno á las reiteradas insolencias con que los Tupíes brasileños insultaban nuestros pueblos amigos y ejercitaban su tolerancia.

El capitán Nuño de Chaves, gran capitán, gran político, era capaz por sus esfuerzos y su prudencia de dar cabal desempeño á este designio. Con un cuerpo de veteranos y otro de soldados nuevos, que iban como en aprendizaje á este género de guerra, partió á principios de 1556. Con su presencia se consiguió recuperar el aliento á nuestros atemorizados fronterizos, y dar á los agresores un castigo, que tuviese por fruto el escarmiento. El río Paraná, Tibasiva, los Pinares vieron correr á Chaves con la intrepidez de un guerrero y la confianza de un vencedor. Pero poco faltó para que le fuese funesta esa fortuna, que le inspiraba tanta seguridad. Cutiguará, famoso impostor, que pasaba entre los bárbaros por hombre inspirado, pudo rebelar contra los españoles á los indios de Peavijú. Para animar en ellos el ardor de los combates y el amor de la independencia, les hizo presente, que con estos extranjeros venían las pestes y demás calamidades, porque sembraban doctrina perniciosa, opuesta á sus ritos patrios: que el motivo de su enseñanza no era más que un artificio para adormecerlo bajo el yugo de la tiranía, que ya tenían echado el ojo donde establecerse con ventaja á fin de apoderarse de sus hijos y de sus mujeres; que los mirasen con más horror que a los Tupíes, pues eran enemigos acostumbrados á burlarse de los hombres y de los Dioses, y en fin, que no temiesen acometer hallándose á la frente un caudillo, que sabría convertirse en león feroz, para despedazarlos entre sus garras. La estúpida credulidad de unos bárbaros, esclavos de las más groseras preocupaciones, fácilmente debía preparar el asenso, y resolverlos á una tierra en la que el cielo se declaraba su protector. Con un arrojo superior á su flaqueza, cercaron á Chaves en su propio campo, y lo atacaron llenos de furor. El lugar inexpugnable que ocupaban los españoles, los preservó de un total exterminio, acreditando lo que vale una ventajosa situación. Unos indios ahogados en cierto río cercano, y otros pasados por el filo de la espada debieron enseñar á todos la falibilidad de sus oráculos. Victorioso Chaves, así en este, como en otros encuentros de menos monta con los indios de los Palmares, ajustó paces, llevando en rehenes algunos caciques principales, que trató Irala con benignidad.

El descanso más propio de estos tiempos consistía en mudar de ocupación. Tomado dictamen del obispo y del cuerpo consistorial, metió calor Irala al proyecto de las dos poblaciones. La del Guaira fué encomendada al capitán Ruiz de Melgarejo, quien con cien soldados escogidos abrió los fundamentos de Ciudad Real en 1557 sobre las márgenes del Paraná á la boca del río Pequirí, y tres leguas distante de la villa de Ontiberos. El corto residuo de habitantes que poblaban esta villa, y la tranquilidad con que se reunieron al nuevo establecimiento, dan motivo para creer que estaba ya apagado el fuego de la pasada rebelión. Melgarejo no encontró más que una docilidad favorable á sus intentos. Formando el empadronamiento de los indios, subió la capitación á cuarenta mil familias, que se repartieron entre setenta encomenderos. El incesante desvelo de éstos por desterrar su natural pereza, y asentarlos al ejercicio de las artes necesarias, creo en breve las fortunas más pingües de la provincia 24. Pero este aumento de prosperidad era sólo en favor de los encomenderos. El mismo acrecimiento de sus haberes reducía á un círculo muy estrecho la propiedad de los indios. No está en las leyes del orden que muchos sean desdichados para que pocos sean felices. Era pues preciso, que toda esta dicha no fuese más que un bien momentáneo, y un verdadero síntoma de su próxima decadencia. En efecto, en pocos años de servicio personal disminuyó enormemente la población, y expió con la miseria los excesos de los nuevos dueños. No es la primera vez que la codicia desenfrenada ha sido castigada por ella misma.

Para la población de los jarayes salió el mismo año de 1557 el capitán Nuño de Chaves, llevando en su compañía doscientos veinte españoles y más de mil quinientos indios amigos. Navegaron con felicidad hasta entrar por el río Araguay, cuyas márgenes poblaban los indios Guatos. Tenían éstos muy fresca la memoria de sus resentimientos. Vengar los males de la patria con un alevoso golpe de mano, era lo que en su juicio convenía á su seguridad. Por medio de una celada, dispuesta con el más disimulado sosiego, cayeron sobre los descuidados españoles, matándoles once soldados y más de ochenta indios amigos. Este infausto suceso puso en obligación á la armada de retroceder sobre sus pasos, y tomar el puerto de los Parabazanes en la provincia de los jarayes. Nada se encontró aquí que mereciese fijar la estabilidad deseada. Abandonado este puerto, se arrojaron los españoles á buscar á prueba de mil riesgos otro más conveniente en lo interior de la tierra.

Entretanto, la capital nos presenta un suceso digno de emplear nuestra curiosidad. La dedicación con que el gobernador Irala se había entregado á las penosas funciones del mando, no le permitía el alivio de descargar en otro, ni aun las atenciones más pequeñas, que podía desempeñarlas por sí mismo. Con más piedad que discreción aumentaba el peso de sus años 25 tomándose la fatiga de presenciar en la campaña el corte de unas maderas dedicadas á la construcción de una capilla unida á la catedral. La ardentía de temperamento le hizo contraer una fiebre, que á pocos días le puso en el término fatal. Aunque poseído de su mortalidad, siempre le acompañó á su lado aquella firmeza heroica, que desconocen las almas vulgares. Después de haber proveído todo lo concerniente al buen orden de la república, concluyó en fin la carrera de sus días, llevando á su sepulcro las lágrimas del Paraguay, y el respeto aún de los bárbaros. Irala fué uno de esos hombres, que, mezclando en su vida tanto de virtud como de vicios, dejó en problema su opinión. El tuvo la principal influencia en los negocios públicos; político artificioso sabía acomodar sus principios á los sucesos de la suerte y á lo que exigían las circunstancias; la ambición era el nivel de sus operaciones, y á ella sacrificó como á su ídolo el honor y la justicia. Con todo, la elevación de su genio, su valor, su intrepidez, su ciencia militar, sus importantes servicios, así en la paz como en la guerra, lo hacen un digno objeto de la pública admiración; jamás puso en salvo su vida, hallándose en riesgo la república; bien puede decirse que crió esta provincia. El sentimiento universal, que dejó su muerte en todas las clases del Estado, es el mejor elogio fúnebre, que pudo dedicarle la patria, y el que nos hace reconocer que un pueblo agradecido tiene bastante equidad para perdonar pasados yerros.

Por la última disposición de Irala recayó la autoridad en el capitán Gonzalo de Mendoza. Adoptando el sistema de gobierno, entablado por su predecesor, justificó éste el acierto de su nombramiento. Fué su primer cuidado librar despachos á los capitanes pobladores ofreciéndoles los auxilios, y fomentos, que dependiesen de su mano. La sumisión, y reconocimiento con que contestó Melgarejo, no permitieron se dudase de su fidelidad. El genio bravo, altivo y ambicioso de Chaves, asistido de la libertad y de suficientes fuerzas, lo inclinaba á designios audaces incompatibles con la subordinación.

El desabrimiento con que escuchó los despachos de Mendoza, dió á conocer que no estaba dispuesto á recibir leyes, sino de su coraje. Cogióle la noticia entre los indios Trabasicosis ó Chiquitos 26. Nada había perdonado el fiero natural de estos bárbaros por conservar indemnes los derechos de su libertad. Indomables hasta la desesperación, después de haber celebrado asambleas nacionales, aunque sin todo el éxito que deseaban, para deliberar sobre los medios de poner en seguridad á la patria; dado muerte á los embajadores de Chaves; dispuesto encubiertos precipicios bajo los pies de sus agresores; inficionado las aguas; envenenado sus armas; y en fin, experimentado los sangrientos estragos de una guerra carnicera, que justificaba la necesidad de prevenir los ataques, conservaban siempre muy entera la seria resolución de dejarse primero degollar antes de suscribir á una sujeción opuesta á su independencia. Los españoles, cuyo campo había venido en disminución, y cuyo exterminio parecía inevitable, en 1558 conjuraron á Chaves por medio de un formal requerimiento los sacace de esta tierra enemiga y tomase su asiento en los lugares pacíficos de los jarayes. Irritó mucho á Chaves esta desahogada determinación, porque desconcertaba todas las medidas con que se había propuesto erigir más adelante un nuevo gobierno, de que pudiese ser cabeza. Inflexible en su propósito cerró los oídos á la súplica, y se propuso no renunciar un designio, que abría carrera á su ambición. Este hecho ultrajante introdujo la discordia en el ejército. Ciento y treinta españoles eligieron por su caudillo al capitán Gonzalo de Casco, y se encaminaron á la Asunción por los Parabazanes. Solo sesenta siguieron el partido de Chaves, y perseveraron bajo sus órdenes.

Con tan débiles fuerzas atravesó este general por entre muchas naciones numerosas, harto irritadas contra el nombre español, y llegó á los llanos de Guelgonigota.

Bien es reflexionar sobre estos hechos, que con frecuencia nos presenta la historia de estos tiempos. Ellos nos instruyen lo mucho que hemos perdido de aquella constitución robusta, que hacía á nuestros padres como inaccesibles al dolor. Al arribo de Chaves, ya se había anticipado con una lucida compañía el capitán Andrés Manso, á quien el actual virrey, marqués de Cañete había adjudicado esta conquista en justa remuneración de sus servicios. Ambos generales altercaron sobre sus derechos, con todo el ardimiento que les inspiraba su ambición. En un tiempo en que la justicia enmudecía á vista de la fuerza, y en que una escena sanguinaria costaba poco á la sensibilidad, es un prodigio de moderación, que estos valientes contendores remitiesen su querella al tribunal de la razón. De común consentimiento se comprometieron en lo que resolviese la real Audiencia de Charcas, recientemente establecida en la ciudad de Chuquisaca. Este tribunal juzgó que en un negocio tan peligroso no desempeñaba debidamente sus funciones, mientras su mismo Presidente, puesto entre dos campos, no dirimiese la conciencia. Pero ya Chaves se había arrepentido de haber puesto su causa en tanta contingencia. Esperanzado de un asilo menos expuesto, dejó por cabo de su gente á Fernando de Salazar, su concuñado, y sin aguardar otras resultas, partió á entablar negociación con el virrey marqués de Cañete.

No estaba destinada para Manso esta conquista. Su genio tenebroso no supo penetrar los ocultos manejos de que se valía la sagacidad de Salazar para ganarse la afición de sus propios soldados. Cuando menos lo pensaba tuvo el dolor de verlos desertar de sus banderas, y pasarse al campo enemigo. No paró en esto: preso él mismo por Salazar, fué remitido á lo interior del reino. Chaves por otra parte, como cortesano diestro, hacía jurar todos los resortes de la política, para que triunfase su ambición, afectando interesarse únicamente en la del mismo dueño que halagaba. Encareció tan á lo vivo la importancia de esta conquista, que el virrey la juzgó digna de formar un gobierno separado con que condecorar á su propio hijo. Este era D. García Hurtado de Mendoza, de quien sabía Chaves, que contento con el título le dejaría gozar todo lo demás 27. En efecto, nombrado su lugar-teniente, reasumió toda la autoridad, volvió á ejercitarla en la provincia, mientras el propietario gozaba en Lima de sus comodidades. Los primeros cuidados de este diligente capitán fueron fijar el pie sobre un establecimiento que perpetuase su reputación, y entrenase el orgullo de grandes poblaciones que ocupaban la comarca. En las márgenes de un arroyo muy ameno, que corre á la falda de un cerro no muy elevado, fundó la ciudad de Santa Cruz de la Sierra por los años de 1560. 28 Estos beneficios, de que el público es deudor á los conquistadores, reparan algún tanto los defectos de sus pasiones.

Manso con el pasado contratiempo no cayó de ánimo en el proyecto de adquirirse un señorío sobre tantos miembros dispersos de este gigante imperio, que ignorándose á qué dueño pertenecerían, solo se sabía lo fuese al más atrevido. Habiendo reclutado nuevas tropas entró por la frontera de Tomina, y levantó una población cercana á la sierra de Cuscotoro. Los encontrados intereses de los conquistadores se cruzaban continuamente. La ciudad de Chuquisaca calificó de una usurpación manifiesta este procedimiento de Manso. El alcalde Diego Pantoja vino á requerirle con suficientes fuerzas; pero fué desbaratado en un peligroso paso. Temió Manso le fuese funesta esta osadía.

Levantando su campo se retiró á un pueblo de los Chiriguanos. El buen acogimiento de estos indios parecía haberlo puesto en estado de realizar sus mal combinados esfuerzos. Manso debía perecer bajo esta hospitalidad homicida. Guiado de sus consejos se encaminé á los llanos de Tariunguín, donde fundó la ciudad de la Rioja en 1561. Al mismo tiempo el capitán D. Antonio Luis de Cabrera levantó de orden suya el pueblo de la Barranca, sobre la ribera del río Gapais cuarenta leguas de Santa Cruz. No le faltaba á Chaves resolución y ánimo para oponerse á estas empresas, que en su concepto traspasaban los límites de su gobierno; pero prefirió por más seguro hacer intervenir al supremo mando, y esperó que interesado él mismo, una sola palabra suya fuese más eficaz que una batalla. Nada de esto fue necesario. Los Chiriguanos habían esperado lo bastante para que sazonase el fruto de su perfidia. Con cautelosa diligencia atacaron de sorpresa estas colonias aborrecidas, y las aniquilaron unas tras otra. Manso y toda su gente perecieron en esa catástrofe, á excepción de Cabrera quien posteriormente dió al Tucumán una ilustre descendencia. Los odios de los hombres generosos no siguen á sus enemigos más allá de la vida. El valor de Chaves se vio comprometido en la venganza de su rival. Armado como convenía derrotó á los Chiriguanos.