Ensayo de la historia civil del Paraguay, Buenos Aires y Tucumán
Capítulo 11
 
 
Publica Irala jornada para continuar los descubrimientos. Rebélanse los indios y los castiga. Muerte del capitán Camargo. Llega Irala hasta la encomienda de Peransules. Manda una diputación al licenciado Gasca. Amotínanse los españoles contra él y lo deponen. Es restituido al mando. Muerte del capitán Mendoza. Abreu le resiste la entrada a Irala. Vuelven sus diputados, e introducen el primer ganado cabrío. Trátase de los antropófagos.


Entre el gobernador Irala y la facción dominante era forzoso que hubiese una mutua dependencia. Si esta lo reconocía por cabeza, aquel la respetaba como autora de su elevación. El medio único de que no se arrepintiesen los rebeldes era seguir la inclinación de sus pasiones. Este fué principalmente el tiempo de los crímenes infames, de las opresiones, de la libertad de conciencia. El miedo y el honor desaparecieron juntos, y con ellos todos los principios de la moral. Por seguro que pareciese este camino, no podía dejar de advertir la penetración de Irala, que sólo era conducente para granjearle cómplices, no amigos verdaderos; y que en el seno del ocio, donde fermentan las semillas de las discordias, era de temer una vicisitud al primer choque de esta autoridad vacilante.

Después de haber distribuido entre sus apasionados todos los despojos de Alvar Núñez, dispuso distraer los ánimos con un empeño que facilitase al mismo tiempo la confirmación de su gobierno. Publicó jornada á continuar los descubrimientos. No bien fué proferida esta proposición cuando inmediatamente sirvió de escollo donde vino á romperse la unión mal afianzada de los conspiradores. Los oficiales reales, Pedro Dorante y Felipe Cáceres, sin otro título para mandar, que haber despojado al que mandaba; llevaron muy á mal los absolutos procederes de Irala. Su ejemplo excitó en otros el descontento, y la guerra civil fué declarada. Estaban con las armas en la mano, cuando por dicha de los españoles, quisieron los indios aprovecharse de la discusión, quebrando un yugo aborrecido, en cuyo paralelo todas las desdichas juntas eran menores. Invadieron los establecimientos españoles, y dejaron los sangrientos vestigios de la devastación.

El propio riesgo de los españoles abrió una tregua á sus odios enconados, y les hizo trabajar de concierto por la causa común de su existencia. Puesto Irala á la frente de trescientos y cincuenta españoles y de mil indios de los más retirados, á quienes tuvo arte de ganar por medio de seductoras promesas, fué en busca del enemigo. Se hallaba este acantonado á tres leguas de la Asunción con un cuerpo de quince mil combatientes, según afirman los historiadores, á quienes la historia de sus ultrajes había comunicado ardimiento y resolución. Los dos ejércitos se hicieron frente. A pesar del estrago que causó en los Guaraníes nuestra bien servida mosquetería, no solo se sostuvieron firmes sin señal alguna de turbación, sino que reemplazando sus pérdidas contra la común costumbre, correspondiendo las descargas con sus flechas y dardos arrojadizos, consiguieron herir algunos, y matar tres soldados. Esto se tuvo ya como una ventaja, que debía regenerar su antiguo valor, extinguido por una dura esclavitud. Como si desafiasen la muerte se empeñaron en llevar adelante su pequeño triunfo. Por medio de una juiciosa evolución se abrieron en dos alas, y cercaron el ejército español. Iban estrechando el círculo, cuando los nuestros se formaron en cuadro, En esta posición llegaron hasta las armas cortantes: fué tan porfiado este combate, que por espacio de tres horas se halló indecisa la victoria; por fin, con pérdida de diez soldados y bastantes indios aliados, consiguieron los españoles introducir el espanto en aquel grande ejército, y dispersarlo totalmente, dejando cubierto el campo con más de dos mil cadáveres.

A favor de no habérseles seguido el alcance pudieron refugiarse los fugitivos en uno de esos grandes pueblos fortificados, que aseguraban sus esperanzas. No omitió Irala estar sobre él con todas sus fuerzas, ni darle continuados asaltos por espacio de tres días. Todo fue inútil, porque los bárbaros se defendieron con valor increíble. Los proyectos de elevación, que fermentaban en el corazón de Irala lo empeñaron en vencer una resistencia, que menguaba su antiguo crédito. El cuarto día dió á la plaza un terrible asalto con que logró abrirle brecha por tres partes; se introdujo por ella, la tomó y pasó á cuchillo muchos indios, que no quisieron entregarse.

La mayor parte se refugió al pueblo de Carieba siete leguas distante. Era esta la plaza de armas más respetable; así porque á las comunes fortificaciones se añadían otras de engañosa estratagema, como porque situada á la vecindad de un bosque, ofrecía un seguro asilo en la más desastrada desventura. Con todo, Irala vino prontamente en busca del enemigo; y habiendo recibido un refuerzo de doscientos españoles y quinientos aliados, procuraba con toda diligencia apretar el cerco. Era ya el cuarto día de este asedio, y nuestro general se hallaba vacilante sobre los medios de terminarlo de un modo conveniente á sus deseos, cuando presentándosela un cacique principal, evadido clandestinamente de la plaza, pacta con él enseñarle dos ocultas sendas del bosque, por donde podía introducirse, con tal de que no la entregase á las llamas. No ganaba mucho con este arbitrio el decoro militar; y es bien claro, que el general Irala no era muy escrupuloso en la elección de los medios, como ellos condujesen á su fin. Debió á esta sórdida traición tomar la plaza, y ejecutar una mortandad, que no la merecían tantos valientes. Los que no quedaron envueltos en tan funesto estrago ganaron presurosos el pueblo de Hieruquisaba, cincuenta leguas distante, que en clase de soberano mandaba el cacique Tabaré 19. Era de perdonar estas vidas, harto castigadas por su suerte; pero la energía del carácter belicoso, que distinguía á Irala, lo conducía naturalmente á operaciones guerreras. Habiendo dado á su gente catorce días de descanso en la Asunción, se dirigió contra ellos con cuatrocientos españoles y mil quinientos Yaperúes, á los que se unieron en el camino mil Guaraníes vasallos del traidor de Carieba. Llegó el ejercito á las orillas de un río distante media legua del pueblo.

El enemigo que lo esperaba aquí, defendió el tránsito heroicamente pero se vió obligado á ceder al fuego de la artillería. No correspondió la defensa de la plaza: al primer ataque bien sostenido quedó sometida con espantoso estrago, y obligado su arrogante cacique á implorar misericordia. Con este suceso acabó el año de 1543.

Por un período de cerca de dos años no presenta en adelante esta historia sino un campo estéril de hechos pequeños uniformes, y que en nada varían la constitución de las cosas. No nos hemos propuesto satisfacer una fría curiosidad; sino referir con agrado verdades importantes, é infundir sentimientos virtuosos por el estudio de los hombres. Séanos pues lícito omitirlos, á excepción de aquellos que sirvan á lo menos para conservar las huellas de la historia.

La cautelosa política de Irala hizo que él solo ganase en las revoluciones suscitadas por espíritu de partido. Evaporadas las primeras efervescencias de la pasión, se conciliaron algo los ánimos, y adquirió más consistencia la autoridad de su gobierno. Entonces volvió Irala á su primer proyecto de los descubrimientos. A cien leguas de navegación por el Paraguay se entró á tierras de los Alayás, y tocó en los confines del Perú. Retrocedió prontamente y pasó el Paraná. La principal ventaja de estas expediciones era impedir que el deseo de mejor suerte degenerase en inquietudes públicas. Pero no eran tan dóciles sus soldados, que quisiesen acompañarlo por pura gratitud; recibían éstos el premio viviendo á su discreción; una cadena de crímenes, que en caso igual produjo la licencia en otras partes con mucha más brillantez, son los que señalan estos tiempos desastrados. Esta era en la realidad una quietud vergonzosa, que convidaba á nuevos alborotos. El capitán Camargo, procurador de la ciudad, tocado de tantos males que ponían la provincia en el declive de su ruina, tuvo valor para proponer á Irala por remedio el repartimiento de los indios, esperando fuesen menos oprimidos á la sombra de protectores que los mirarían corno propios. Los tiranos oyen siempre con impaciencia todo lo que mortifica su amor propio.

Sin más delito que este mandó darte garrote con inaudita crueldad. El amor propio colocó á cada individuo en lugar de este desdichado, y le hizo temer una suerte semejante. Los espíritus empezaban á conmoverse. Irala sacó la gente treinta leguas de la ciudad; y aquellos á quienes no pudo desarmar se unieron á Domingo de Abreu cabeza de los leales, que conservaba sus días al abrigo de los bosques. Pasó con su tropa el gobernador hasta los Mbayás, y regresó á la Asunción en 1436. Con todo, nos asegura el cronista Herrera, "que para ganar amigos, repartió la tierra, y encomendó á los indios, á portugueses, franceses, levantiscos, etc., prohibiendo al mismo tiempo, que nadie tratase de repartimientos." Arribó á esta sazón de España una carabela con órdenes del rey para que no se hiciesen nuevos descubrimientos hasta la provisión de gobernador. No dudaba Irala lo mucho que perdía en que la corte supiese el pormenor de su negra conducta. Puesta la carabela en marcha, tomó todas las medidas para interceptar la correspondencia, y no dejar otro conducto, que el viciado de sus informes. iOh, reyes, temed ser engañados por las relaciones, que basta ser lejanas, para ser sospechosas! La distancia que favorece los engaños, proteje también las desobediencias. Con un proceder poco mesurado se entregó Irala de nuevo á los vastos proyectos de su genio y de su pasión. Es que esperaba no ser delincuente, siempre que fuese feliz. Dejando el mando á D. Francisco de Mendoza, partió con trescientos cincuenta españoles y dos mil Guaraníes á descubrir el paso del Perú, á fines de 1547. La debilidad de los pueblos que murmurando capitulan con la fuerza; las perfidias y estratagemas puestas en uso para cubrir su impotencia y falta de valor; resistencias y animosidades que hacen más activas las pasiones de los que se intentan rechazar; estragos, servidumbres, carnicerías, que con sangrientos caracteres dejan muy bien trazada la imagen del terror; este es el triste cuadro que presenta el viaje de Irala hasta el pueblo de Macheasis, situado cuatro leguas más allá del río Guapay á las faldas de las serranías Peruanas.

Para luchar con tantos escollos fué necesaria á los españoles, toda la constitución robusta de aquellos tiempos, ayudada de un manejo constante y seguido de parte del general. Pero al fin tuvieron la gloria de vencerlos. Hallándose en este pueblo se apresuraron los indios por venir á tributarles sus obsequios. No estimaron tanto los nuestros estas obligatorias demostraciones, cuanto el advertir en el idioma castellano de que usaban, haber roto ese muro de división, que los desunía, y pisar ya esos tesoros que buscaban por entre tantos peligros de una fortuna arriesgada. Eran estos indios pertenecientes á la encomienda del capitán Peransules, fundador de la ciudad de Chuquisaca. Por ellos supieron el difícil y delicado estado del reino. Los conquistadores del Perú habían establecido su señorío sobre la ruina del imperio de los Incas y de la libertad de sus vasallos; pero estos se vengaron, dejando á sus vencedores en el veneno de sus despojos la materia de las más crueles disensiones. Gonzalo Pizarro acababa de pagar con su cabeza el delito de su traición. Su partido, aunque debilitado y disperso, siempre era de temer. Este se componía de una soldadesca impetuosa que no reconocía otra gloria que la de vencer, otro derecho que el de la fuerza, otro placer que el del pillaje. Irala siempre sagaz, intrépido y ocupado de sus ideas ambiciosas, creía esta coyuntura buena ocasión de acreditar su fidelidad, y afianzar su fortuna. Con estas miras se disponía á mandar una diputación al licenciado Pedro de la Gasca, gobernador del reino, ofreciéndole todo su ejército para restablecer el orden, que había destruido la tiranía, y disipar del Estado las reliquias de la rebelión. Parece muy probable, que el presidente Gasca tenía luces anticipadas del arribo de Irala; de los hechos criminosos acaecidos en la Asunción, y del carácter inquieto que distinguía á sus soldados. Estas consideraciones le hicieron justamente temer la renovación de un incendio, aun no bien apagado, siempre que no atajando su curso, pusiesen á estas gentes en el peligro de no admitir proposiciones á los del bando vencido. En consecuencia de esto tuvo órdenes Irala muy apretadas, para que sin nuevo aviso no traspasase so pena de la vida los límites del gobierno.

Este accidente que Irala recató al vulgo de la tropa, le hizo ver que nunca convenía más acreditar su fidelidad, que cuando parecía equívoca su buena fe. Obedeciendo las órdenes de Gasca, fijó su residencia; pero llevó adelante el pensamiento de dirigirle una diputación respetuosa. Nuño de Chaves, Miguel de Rutía, Pedro de Oñate y Ruíz García Mosquera partieron para Lima en diligencia de esta demanda. Una enfermedad detuvo á estos dos últimos en Potosí. Los dos primeros entregaron sus credenciales, y fueron recibidos con todo agrado, que exigía su honrosa comisión. El presidente dirigió también á Irala una carta, concebida en términos muy decorosos, diciéndole, quedaba á cuenta á sus generosas ofertas; de su voluntad el reconocimiento libróle al mismo tiempo una buena ayuda de costa, y reitero sus órdenes para que no pasase adelante. Si se reflexiona que poco después substituyó en el gobierno de Irala al célebre capitán Diego Zenteno, es forzoso concluir, que con aquellas demostraciones sólo se propuso adormecerlo bajo una confianza engañosa.

Irala echó de ver le convenía tomar una distancia, desde donde observase el teatro sin peligro. Retrocedió pues hasta un pueblo de los Cercosis. Mil indios de estos, pasados á cuchillo, dejaron á sus compatriotas bien advertidos para no volver á entrar en lid con los temibles españoles. La esperanza es el último sentimiento de que se desnuda el corazón del hombre. A despecho de la razón, y del mal estado de las cosas no desesperaba Irala de granjearse la protección del presidente. Un desasosiego importuno le hacía desear la vuelta de sus diputados, y le impedía continuar su marcha al Paraguay. Dos meses iban corridos de inacción, cuando impacientes sus soldados por unas lentitudes infructuosas, con que jamás se aviene el espíritu sedicioso, se substrajeron de su obediencia, y confirieron todo el mando al capitán Gonzalo de Mendoza. Resistióse este oficial con una modestia de que acaso no había ejemplo; pero por una parte la violencia, y, por otra el temor de que las riendas del mando quedasen flotando al arbitrio de los sucesos, lo resolvieron á aceptarlo. La nueva administración trajo muchos desórdenes. Púsose en marcha de vuelta á la Asunción con su ejército todo dividido por falta de subordinación y armonía. Seguíalos Irala, como arrastrado de una fortuna caprichosa. Las naciones del tránsito los atacaron con pérdida de muchos soldados y naturales. No era extraño, porque la desapiadada tiranía de estos españoles sólo les conciliaba un odio implacable. Llevando tras de sí doce mil prisioneros, reducidos á dura esclavitud, no habían hecho más que substituir al derecho de las gentes la arbitraria ley de su interés.

Esta tropa amotinada tomó por fin el puerto, donde quedaron los bergantines al cuidado de los fieles jarayes el año de 1549. Las fatalidades de esta marcha, unidas á los desastres que hacían gemir á la Asunción, concurrían de concierto á reprender las veleidosas mutaciones del mando, y obligar á estos amotinados á restituirlo al único capaz de remediarlos. Influía también el recelo de que dominando en la Asunción el partido contrario debían ser ellos oprimidos. Irala entró de nuevo en posesión de su gobierno. A la verdad esta turbulenta república, donde las tempestades renacían con violencia, necesitaba por ahora toda la destreza de un piloto tan experimentado como Irala. Se sabía, por cosa averiguada, que D. Francisco de Mendoza, á pretexto de consentirlo muerto, con suma ligereza se dejó persuadir de los aduladores para aspirar al gobierno de la provincia. ¡Cuán cierto es que la baja y servil adulación deshonra igualmente al que la gusta, como al que la emplea! Para dar lugar á este ambicioso designio, debía preceder una formal abdicación de la tenencia que ejercía. Esperaba Mendoza con más satisfacción que cordura, se reunirían en su persona los sufragios de una nueva elección. Sin detenerse depuso el bastón en pleno consistorio. Su sorpresa fué igual á su imprudencia, cuando, verificado el escrutinio, vió pasar toda la autoridad al capitán Diego de Abreu.

El hombre que no recibe consejos sino de su pasión, intenta siempre deshacer un yerro cometiendo otro mayor, y de precipicio en precipicio llega al último de todos. Viendo burlados sus deseos el capitán Mendoza, entró en el arriesgado empeño de recuperar la insignia dimitida, y arrestar á su competidor. Pero este fué más advertido y diligente para hacer que el mismo Mendoza sufriese las prisiones que le tenía preparadas. Sitiólo pues en su propia casa, la forzó y se apoderó de su persona. Formalizado luego su proceso del modo más sumario, fué sentenciado á que perdiese su cabeza en un cadalso. Abreu llevó su odio á un punto inconcebible; ni los insignes valedores en la corte de que hacía jactancia este reo, ni el respetable cúmulo de sus servicios, ni en fin, el ajuste que propuso de dar dos hijas suyas, para que Abreu y Melgarejo entroncasen en su ilustre prosapia fueron capaces de mitigar este fatal fallo. Un hombre sabio lo hubiera sufrido sin murmurar. Mendoza tembló á vista del suplicio, y buscó medios de eludirlo, poco dignos de un varón fuerte. Viéndose sin recursos casó con Da. Maria de Angulo para legitimar cuatro hijos que tenía de su comercio ilícito. Con ánimo más cristiano se confesó públicamente en el cadalso merecedor de aquel fin trágico, porque tal día como aquel quitó en España la vida á su legítima consorte, con todos sus criados y a un capellán, compadre suyo, que por levísimos indicios supuso haber manchado su pundonor. Esto hecho dió su cuello al cuchillo.

Por más que Abreu apuró sus esfuerzos, no gozó mucho el fruto de esta inhumana ejecución. La carabela que despachó á España, solicitando confirmación del mando, concluyó desdichadamente su viaje en el banco del inglés; y la acelerada vuelta de Irala cambió de pronto su fortuna. Los más empezaron á mirarlo como intruso. Con todo, Abreu resolvió sostenerse, y le negó la entrada en la ciudad. Está se vió sitiada como pudiera serlo una plaza enemiga. El temor ó la lealtad abrieron brecha en el corazón de los sitiados, primero que en los muros las máquinas de Irala. Muchos de ellos se pasaron á su campo, ya casi desamparado. Abreu abrazó el partido de evadirse con cincuenta de su facción. Por espacio de dos años no cesó de tener en continuos sobresaltos al bando contrario. Crecía su rabia por los mismos medios que se empleaban en aplacarle.

Retrocedamos un poco más atrás: sensible el presidente de la Gasca á la justicia y la humanidad, no perdía de vista el pensamiento de extirpar tantos desórdenes, que, á favor de la tiranía y de la anarquía, habían trastornado todo el orden de la provincia del Paraguay. Con este designio confirió el mando de esta provincia al expresado Zenteno, que por su lealtad y sus servicios se había hecho acreedor á todas las recompensas militares. Libróle pues título de gobernador desde los confines del Cuzco y de los Charcas hasta los términos del Brasil. Pero en un tiempo en que un delito sólo costara un mal deseo, no pudo impedir la Gasca el fin trágico de Zenteno. El mismo año 1548 hallándose en los Charcas entre los regocijos de un convite, murió traidoramente á la eficacia de un veneno. Sus despachos, con todos los sujetos que debían formar su comitiva, llegaron poco después. Eran estos los cuatro diputados de Irala, acompañados de los nobles capitanes Pedro Segura, Francisco Cortón, Pedro Sotelo, Alonso Martín Truxillo, y cuarenta soldados más. La desgraciada pérdida del jefe no influyó en el ánimo de unos hombres acostumbrados á desafiar peligros para que desistiesen del viaje á la Asunción. Guiados de su propio coraje emprendieron su camino.

No omitiremos referir aquí, que estos españoles fueron los que introdujeron en la provincia el primer ganado ovejuno y cabrío. En los fastos de las naciones ocupaban un lugar distinguido los brillantes exterminadores de la humanidad. Nosotros estimamos que tiene más derecho á nuestra memoria aquellos á quienes debe los medios de extender más su existencia. Los españoles de esta jornada no tardaron de recibir el premio de esta buen obra. Alentados los indios a vista del corto número, resolvieron vengar en ellos sus pasadas injurias. En crecido número seguían sus pasos, acechando el primer descuido de que pudiesen aprovecharse. Muy satisfechos de haberlo ya encontrado, se disponían una noche á sorprenderlos. Sólo aguardaban aquel espacio de quietud en que se hallasen entregados al sueño. La inquieta voluptuosidad de los machos cabríos no dió lugar á ese momento de silencio. Los acechadores, que tenían ese bullicio por un efecto de vigilancia, no se atrevieron á poner en obra su designio, y se vieron en la necesidad de retirarse. No fueron en esta ocasión los cabríos menos benéficos á esta pequeña tropa, que los vigilantes pájaros en otro tiempo al capitolio de Roma. Aunque no sin algunos encuentros, en que los indios llevaron siempre la peor parte, concluyeron en fin su viaje. Irala los recibió con demostraciones de sumo agrado. La feliz nueva de prolongación de su gobierno, preparaba su corazón á estos oficios de benevolencia.

Chaves, gran confidente de Irala, ó por lisonjear sus pasiones, ó porque casado con Doña Elvira de Mendoza, hija del desgraciado D. Francisco, se creyó en obligación de vindicar los agravios de la familia, había resucitado la criminalidad de Abreu y no pensaba sino en los medios de satisfacer su venganza. Fácilmente consiguió verse autorizado para perder á un rival, el más terrible de su facción.

Acompañado de soldados corría los bosques en su seguimiento. Entretanto fué descubierta una secreta conspiración contra la vida de Irala. Miguel Rutía, y el sargento Juan Delgado, principales autores de ella, dejaron en un sangriento cadalso el escarmiento á los demás. Juan de Bravo, y Rengifo, presos por Chaves y colgados en una horca, aumentaron la consternación. El partido de los leales se vió en el estrecho de buscar su seguridad en un acomodamiento con Irala. Los casamientos de dos hijas de éste con los capitanes Francisco Ortiz de Bergara y Alonso Richelme de Guzman, acabaron de reconciliarlos. Solo Abreu con algunos de sus amigos sostenían la buena causa, haciéndose invisible en la espesura de los bosques. En una ausencia de Irala, con motivo de llevar sus armas contra los Mbayás, su teniente Felipe Cáceres tomó de su cuenta sacrifican á sus enconos estas tristes reliquias de una facción agonizante. El capitán Erasu con una buena compañía fué destinado á perseguirlos. Consiguió su intento una noche que Abreu con cuatro compañeros se hallaban recogidos en una choza. Rodeóla, y viéndolo en vela mientras dormían los demás, le asestó una flecha por un resquicio, con la que le quitó la vida. El tiempo de las acciones heroicas es por lo común el de los grandes crímenes. La ausencia de las artes de agrado, y de la cultura del espíritu dejan al hombre su energía natural; pero esta es una energía rústica en que se unen grandes virtudes y grandes vicios. Felices los hombres cuando se encuentran entre los extremos, virtuosos con cultura, cultos sin corrupción!

Con todo, Ruiz Díaz Melgarejo con resolución más intrépida que mesurada, presto corría de su cuenta vengar la muerte de Abreu. Costóle cara su arrogancia. El teniente Cáceres tuvo medios de apoderarse de su persona, y estrecharlo en un calabozo. Las disensiones civiles renacen con nueva fuerza. Irala fué instruido de todo, y volviéndose en suma diligencia, vino á apaciguar con su presencia esta peligrosa discordia. Consiguiólo en efecto, mandando á Melgarejo bien custodiado al campo de su ejército. Alonso Richeldme, que mandaba en ausencia de Irala, de acuerdo con éste, según dice la Argentina manuscrita, hizo espaldas á Melgarejo, para que con un soldado llamado Flores se refugiase á tierras del Brasil. Huyendo un riesgo estos fugitivos cayeron en otro mayor. Prisioneros de los Tupíes, se vieron destinados á saciar con sus carnes la gula de estos carnívoros. Flores, como mejor tratado, fue el primero á quien comieron. A favor de una compasiva india, evitó Melgarejo una suerte igual, porque dándole libertad esa noche, pudo llegar con felicidad á San Vicente.

Hemos dejado para este lugar el examen sobre la antropofagia, ó costumbre de comer carne humana, introducida entre los indios de estos países. El señor Azara, en el tomo segundo de su viaje, capítulo diez, la reputa por fabulosa, atribuyendo este engaño á la inadvertencia de los conquistadores y misioneros, únicamente atentos á realzar sus proezas, y exagerar sus trabajos. Desde luego daríamos gracias al señor Azara de haber libertado a estos, nuestros compatriotas de un crimen tan horrible a los ojos de la naturaleza. Probaría cuando menos que nuestros pueblos salvajes no lo han sido en tanto grado como muchas naciones del viejo mundo. Pero por desgracia la razón en que se funda no nos parece de tanto peso, que nos haga separar de todos los historiadores. Ella se reduce á sólo el hecho de que en el día ninguno de estos pueblos se alimenta de carne humana, y ni aun se acuerda de haberlo ejecutado, aunque no pocos viven tan libres como al arribo de los españoles. Pero el señor Azara debió reflexionar que la costumbre de comer carne humana, más parece vicio de un siglo, ó de una edad, que de un pueblo ó de una nación. Cuando se busca el origen de la antropofagia, ninguno se acerca más á lo verosímil, que el derecho espantoso y arbitrario de la guerra.

Donde ésta es bárbara, y como el estado natural de los pueblos, sino es de necesidad que se encuentre, lo menos, todo está dispuesto á su introducción. Los excesos de delirio son entonces los que forman los principios y dan lugar á las costumbres. Aquellos son tan varios como los caprichos de una imaginación desarreglada, y por consiguiente dictan usos que le son del todo parecidos. La historia no permite dudarse, que así el estado de la guerra, como el modo brutal de ejecutarla, eran conformes á la constitución salvaje de estos pueblos; por consiguiente, la costumbre de alimentarse con las entrañas de sus enemigos, sólo necesitaba el influjo de una idea extravagante. Los Guaraníes, los Tupís y otros, que a juicio de los historiadores eran carnívoros, obraban bajo el principio que los que gustaban la carne del enemigo, adquirían un grado de fortaleza, que los hacía superiores a los ataques, y con divulgar que comían hombres, infundían terror á los demás. Véase aquí el origen de la antropofagia de estos bárbaros: origen, que la hace muy verosímil, y muy análoga á su vida agreste y brutal. Si á esto se allega el testimonio uniforme de los historiadores, no hay razón para que se atribuya á la exageración de los conquistadores y misioneros. Seguramente aquellos se hallaron en mucho mejor estado que el señor Azara para hacer prolija inquisición de esta verdad; y si se advierte que ningún interés pudo mover su pluma, es preciso concluir que así lo hicieron. Estos refieren el motivo que indujo esta costumbre, los pueblos que la adoptaron, aquellos sobre quienes se ejercía, y hasta las más pequeñas circunstancias de la solemnidad con que se sacrificaba, y comía el prisionero. Uno de estos historiadores es Ruiz Díaz de Guzmán en su Argentina. Este pudo saber de boca de Melgarejo lo que sucedió, y hemos referido. Para pretender el señor Azara, que se hallaba más instruido que los autores coetáneos en lo que sucedió ahora cerca de tres siglos es preciso que apoye en mejores fundamentos su opinión. En efecto, que las tribus salvajes de las naciones que antes fueron antropófagas, no lo sean en el día, es muy débil conjetura para apartarse de su unánime sentir. Sin faltar á la verdad histórica, no se puede negar que los españoles europeos y americanos han exterminado, ó reducido la mayor parte de esas naciones, que trataban tan inhumanamente sus prisioneros. Por consiguiente las tribus que de ellas han quedado, han debido acostumbrarse por medio del ejemplo á ser menos feroces, y menos excesivas en sus resentimientos. Pero aun en tiempo en que los Guaraníes salvajes hacían un cuerpo de nación más numerosa, ya exponen los historiadores haber renunciado á una costumbre tan perniciosa. Barco Centenera nos dice, que habiéndoles sobrevenido una cruel pestilencia después de un convite de carne humana, concibieron un grande horror á este manjar 20. Sea así que esta peste provenía de otro principio, pero para el genio supersticioso de estos bárbaros sobraba esta casualidad. A mas de que es tan cierto, como asegura el señor Azara, que en el día ninguna de las tribus salvajes se alimentan de carne humana, asegurándonos Lozano 21, que hay manifiestas señales de que algunos montaraces retienen esta costumbre.