Las reducciones jesuíticas de indios guaraníes / 1609-1818
Intervención del gobernador D. Pedro de Cevallos
 
 

Hombre de recia contextura y mano firme fue el gobernador don Pedro de Cevallos. En él, integridad, energía de carácter y rigor de disciplina se amalgamaron, para formar de rechazo al habilidoso conductor, que dio a los ejércitos peninsulares del Plata las glorias más puras de toda la época española.


Para los jesuitas, singularmente, fue providencial su llegada. De no poner Cevallos toda su honradez y firmeza a servicio de la verdad, acaso el extrañamiento de la Compañía de Jesús se anticipaba de algunos años; y no hubiera contado esta con pruebas tan irrefragables de su recto proceder y sana conciencia.



1) Las instrucciones


Preocupada la Corte por el fracaso de la primera campaña de Andonaegui, pensó enviarle sucesor. La rectitud y dotes militares del teniente general de los Reales Ejércitos don Pedro de Cevallos, dio serias garantías a su nombramiento, que le extendió Fernando VI en Buen Retiro a 14 de diciembre de 1755. 250


Las instrucciones reservadas que se dieron a Cevallos, con la firma del Rey y la fecha de Buen Retiro, de 31 de enero de 1756, resumían la posición de la Corte, y eran por lo mismo desdorosas a la Compañía de Jesús. La octava instrucción no traía paliativo:


Declararéis que los padres jesuitas de aquella provincia han incurrido en mi desgracia, porque ellos son los únicos autores de la desobediencia de los indios; y diréis que yo os lo mando publicar, porque estoy bien certificado de ello.”


Doble encargo recibía el nuevo Gobernador. Primeramente, el de enviar presos a España a once jesuitas, los más culpables, según se suponía, en la rebelión. Eran estos el provincial José Isidro de Barreda y los padres Segismundo Aperger, Francisco Javier Limp, Bernardo Nusdorffer, Inocencio Erber, Miguel Palacios, Ignacio Cierhaim, Pedro Logu, Jaime Pasino, Carlos Tux y Matías Stróbel, y “otros cualquiera —se le añadía—, de quienes tengáis fundadas noticias de que influyeron o influyen en la presente desobediencia”.


Pero se le dejaba providencialmente un resquicio, que Cevallos supo aprovechar con ventaja:


En todo caso os valdréis de la prudencia y consejo del marqués de Valdelirios, y excusaréis de la comparecencia y venida a España de alguno y algunos de estos, si averiguaseis secretamente que no intervinieron en la desobediencia, o tuvieron corto influjo en ella.


Por el segundo encargo debía, de acuerdo con el obispo del Paraguay o de Buenos Aires, según los casos, quitar a los jesuitas en todo o en parte las treinta doctrinas, y confiarlas a miembros del clero secular o regular “que sepan el idioma guaraní”. Su Majestad reputaba este punto como “el más esencial de toda esta instrucción”.


Siempre y en todo caso se otorgaba a Cevalos “amplia facultad... para que alteréis estos capítulos, ampliándolos, limitándolos o suprimiendo alguno o algunos, como aparezca más conducente al fin”; pero con la prevención de no tomar “providencia grave sin conferenciarla entes con el marqués de Valdelirios'“251


Tan empeñado estaba el ministro Wall en que el Gobernador usase de mano dura con los jesuitas, que el 15 de noviembre de 1756, desde San Lorenzo del Escorial, le repetía los mismos conceptos que en carta de igual fecha había remitido a Valdelirios, con la orden encima de no fiarse de palabras, aun afianzadas con juramento, “porque se saldrán de la obligación con pretexto de la inconstancia de los indios”. 252



2) Sus relaciones con Valdelirios


Era de suponer que, dado el temperamento de uno y otro, chocarían fragorosamente. Las tortuosidades de Valdelirios y la probidad incorruptible de Cevallos estuvieron en juego casi desde el primer momento, como dos corrientes impetuosas difíciles de encauzar. Cevallos enfrentó a Valdelirios con la impavidez del hombre consciente de sus obligaciones. Había venido a mandar, y no toleró sus injerencias, tanto como su antecesor las había temido y secundado.


Llegó Cevallos a Buenos Aires con cuatro navíos y mil soldados de tropa el 4 de noviembre de 1756; y se recibió del gobierno el mismo día. 253


En San Borja donde paraba el ejército y llegó con Valdelirios, halló deshecha la disciplina por la prolongada espera y el favoritismo del Marqués. Los soldados cuidaban solamente de granjearse su protección para asegurar el ascenso. 254


Las desavenencias eran ya notorias por enero de 1757; tanto que el Rey manifestó grave disgusto al conocerlas; mientras se buscaba Cevallos valedor en su amigo el ministro de Marina e Indias don Julián de Amaga, a quien esto notificaba desde San Borja el 20 de febrero de 1759:


Los términos con que me expresa el señor don Ricardo Wall el desagrado del Rey sobre mi proceder, tan duros y tan poco dignos de quien sirve a Su Majestad con el amor y celo con que yo he procurado siempre desempeñar mi obligación, me hacen sospechar que Su Majestad no está bien informado de lo que pasa por acá, en orden al tratado de límites, conociendo al propio tiempo el empeño con que el propio Ministro protege al marqués de Valdeiirios, cuya conducta ha sido a mi parecer muy perjudicial al Estado.255


A tanto llegó la desconfianza de Cevallos respecto de Valdelirios, que expresó a Amaga “la sospecha que tengo de alguna inteligencia suya con los portugueses”.


Sobre el envío de un oficial de parte del Marqués al Río Pardo a cotejar unos planos, se mostró Cevallos suspicaz tal vez con exceso, pronto a desbaratar a cualquier trance la enorme estafa del tratado de límites:


El fin que yo presumo de este disimulado viaje, es el de unirse con los portugueses para continuar el engaño de encubrir estos su mala fe y aquel su falta de fidelidad en este negocio, imputando la culpa de todo a los jesuitas, y procurando con la añagaza de que soy afecto a estos, desacreditar mis informes, porque temen que, con la verdad de ellos, se desbarate la tramoya con que tienen alucinada tantos años ha nuestra Corte.256


¿Cuál fue el remate de estas acusaciones y reclamos en Madrid? Que ni el uno ni el otro quedaron desfavorecidos por lo que se vio des pues.


Valdelirios gozaba de valimento en la Corte con los ministros anti-jesuitas de Carlos III, y mantuvo al volver, la banca en el Real Consejo de las Indias, según las previsiones de Cevallos en carta a su amigo en Madrid, fechada en Campo de Vacas, por junio de 1761:


Va a España Valdelirios con el resto de la comisión demarcadora “después de haber causado en estas partes con su línea y sus enredos, daños que no se podrán reparar quizás en un siglo... Todas sus esperanzas lleva puestas, según parece, en don Ricardo Wall, a cuyos influjos sin duda debe las aprobaciones que por las últimas cartas ha tenido de su conducta.” 257


Los informes de Cevallos, por otra parte, consiguieron la anulación del tratado de límites; y él se granjeó prestigio innegable de gran servidor de España con su política en el Río de la Plata, y singularmente con su fulmínea conquista de toda la banda oriental. La mejor nota de este prestigio incontestable fue el crearlo Carlos III, en 1776, primer virrey del Río de la Plata.



3) La rehabilitación de la Compañía de Jesús


Constituyó, sin duda alguna, este hecho el mejor timbre de gloria del futuro Virrey. Con férrea voluntad y enfrentando solo toda la opinión pública creada en Indias y en Europa, desenmascaró Cevallos a hombres y sistemas, neutralizó maniobras subterráneas y salvó de la ruina las mejores instituciones religiosas de nuestro suelo.


Ya a dos meses de ejercer el mando escribía a Wall sincerándose de no haber hecho comparecer todavía a los once sujetos nombrados en la Instrucción, ni mudado a los curas, supuesto que el mismo marqués de Valdelirios se mostraba inseguro acerca de si había sido poca o mucha la intervención de los jesuitas en la desobediencia de los indios. Daba ya a entender que todo había resultado una calumnia.


Un año después contaba con tales pruebas de la buena voluntad de los jesuitas, hasta dejar las comisiones totalmente sin cumplir. Para la remoción de los curas, ya había conferido con el obispo del Paraguay y recibido esta respuesta:


Soy de dictamen que no conviene en el presente sistema remover a los padres jesuitas de semejantes doctrinas.”


No había clérigos seculares ni religiosos de otras órdenes para sustituirlos; y, aun con ellos, no juzgaba conducente la remoción de los jesuitas; también “porque, habiendo crecido los pueblos tan notablemente” por los agregados de los siete del Uruguay, “se hace preciso el nuevo establecimiento de estos indios en sus respectivas poblaciones que deberán fundar...; y en todo esto son indispensables muy graves dificultades”, que solamente los jesuitas podrían resolver. 258


Valdelirios, por su parte, forcejeaba por la remisión a España de los once jesuitas sindicados de rebeldía; y así lo manifestó el 2 de septiembre a Cevallos. Adujo este que no hallaba fundamento sólido para resolución tan ruidosa; el Marqués debía probarle con llaneza la culpabilidad de los sujetos, pues no lo hacía en su carta; y la mente del Rey era que se procediese con la mayor justificación en tan delicado asunto. 259


Precisamente por aquellos días se daba cima al proceso que excusó toda prueba ulterior acerca de la ajustada conducta de los jesuitas en la ejecución del tratado. Y al comunicar Cevallos sus conclusiones al ministro Wall, desde San Borja, en 30 de noviembre de 1759, tomó a gusto esclarecer una y más veces, como para que nadie se llevase a engaño, la gran superchería forjada tendenciosamente por el Marqués contra la Compañía de Jesús. 260



4) El proceso de 1759


Fue decisivo para los jesuitas, no tanto por lo que pudiesen valer en sí las declaraciones de los indios, cuya sinceridad —lo sabían muy bien sus curas— nunca pecó de excesiva, y cuyo entendimiento infantil era fácil de guiar a declaraciones antinómicas; sino, más bien, porque este nuevo proceso venía a contrarrestar el anterior de 1756, con la notable ventaja de que a los ocho indios que habían declarado allá contra los misioneros, se oponían aquí setenta y cinco, más diez oficiales técnicos del ejército, con deposiciones favorables todas, indistintamente, a la Compañía de Jesús.


Si tanto había pesado en la opinión de la Corte las acusaciones de pocos indios rebeldes a los padres y, por lo mismo, sospechosos, mucho más debía convencer el dictamen de setenta y cinco ya libres de pasión y sin el bochorno inmediato de la batalla perdida.


Claro que en uno y otro caso el testimonio carecía en absoluto de valor probatorio. De pocos años después, tocante asimismo a los indios guaraníes, es el juicio que el comandante don Antonio González Jarauta envió a don Pedro de Cevallos:


Estos indios, aunque los maten no dicen la verdad nunca... No se puede fiar de ellos para nada, pues el mejor miente siempre que habla.261


No parecerá exagerado este dictamen a quien lea la carta anua del padre Tomás Dombidas, para los años de 1682 a 1688:


“En los negros e indios, como gente de tan poca verdad, queda de ordinario la sospecha de si la dicen, porque les es tan connatural el mentir, que sin reparar y sin malicia responden lo primero que se les ofrece, sea verdad o mentira.”262


Lo cual muestra que, si se acudió al referido testimonio en 1759, no fue porque los jesuitas echasen mucha cuenta de su valor probatorio; sino tan sólo para contrarrestar el frágil proceso de 1756, que, con muchos menos testigos, objetables todos, había alcanzado resonancias de prueba conclusiva.


Aceptado este argumento, cae de por sí el proceso de 1759; pero con él pierden toda su fuerza probatoria las declaraciones de los indios rebeldes en el proceso de Nicolás Patrón.


Hay que agregar que la prueba de 1759 ni es indispensable, ni tampoco la más valiosa; y que la causa jesuítica nada sufre sin ella. Porque, o se creía a los indios rebelados de los siete pueblos o a sus curas. Otros testigos directos de la rebeldía no los hubo.


La gente de acá, con los ministros Carvajal y Wall, aceptaron las aserciones de los indios como la versión definitiva de los hechos, para condenar a los jesuitas.


La Compañía de Jesús, por su parte, opuso las informaciones Juradas de los catorce o quince misioneros de los siete pueblos, testigos de primera mano y aun protagonistas de los tristes sucesos, en apoyo de las decisiones reales.


Tal es la suma de la enorme alharaca surgida por la ejecución del tratado y la así llamada guerra guaraní.



5) La actitud de la Corte


Las pruebas allegadas por Cevallos trajeron la consecuencia de que no se molestase más a los jesuitas; pero sin que hubiese un decreto reparador, como solicitaba ahincadamente el gobernador de Buenos Aires; quien remitió a mediados de 1764 nueva copia del proceso, con la respuesta adjunta del obispo del Paraguay, esta vez al ministro Arriaga, en doble ejemplar y por distintas vías. Agregábale una nota:


Como después de haber pasado tanto tiempo, no ha resultado en orden a esta materia providencia alguna, y conozco los gravísimos inconvenientes que se siguen de dejar oprimida la inocencia, creo ser mi obligación remitir a Vuestra Excelencia, como lo hago, copia de los mismos documentos, para que, enterado por ellos Su Majestad de la verdad, pueda tomar la resolución que fuere de su real agrado.” 263


En vista del silencio oficial, volvió a Insistir Cevallos el 30 de noviembre de 1765 ante Arriaga, puesto que “todo se había ocultado”, y seguía comprometido “el crédito de los religiosos de la Compañía de Jesús, injustamente vulnerado”. Por lo que así concretaba la solicitud:


Sólo se pretende un decreto honroso; la justicia clama, y e! servicio del Rey interesa en que no sean hundidos unos hombres, de cuyo amor y fidelidad puede estar Su Majestad tan satisfecho, que no tiene en estos dominios mejores vasallos... La dilatación es tanto más sensible cuanto se ha hecho más universal la persecución.”264


Pero ya los enemigos de la Compañía tenían dispuesta su ruina. El año siguiente, en 18 de septiembre, dejaba Cevallos el gobierno, y un año después se decretaba el extrañamiento de la Compañía de España e Indias.