Las reducciones jesuíticas de indios guaraníes / 1609-1818
Los Comuneros del Paraguay
 
 

Fueron hombres de la sierra sublevados contra las autoridades metropolitanas por un principio de autodeterminación en la primera mitad del siglo XVIII. Los indios de las reducciones constituyeron la principal fuerza de orden al servicio del gobierno. Comenzó con la administración del juez pesquisidor don José de Antequera y Castro (1721-1725), y se mantuvo con alguna interrupción hasta 1735.


“Durante diez y ocho años la provincia del Paraguay fue un campo de sangre barrido por un huracán de fuego, de odios desatados y de incontenibles pasiones”, con “tumultuosas asambleas, grandes batallas, incendios y saqueos, lágrimas y mucha sangre”. 151



1) Don José de Antequera y Castro


Constituido juez pesquisidor y gobernador del Paraguay por el virrey arzobispo de Lima don Diego Morcillo Rubio de Auñón, inauguró Antequera el 23 de julio de 1721 un gobierno tiránico en Asunción. Depuesto por el virrey al siguiente año, y confirmada la deposición por real cédula de Felipe V, firmada en Aranjuez el 5 de mayo de 1723, 152 resistióse Antequera, expulsó a los jesuitas de Asunción el 7 de agosto de 1724, y marchó luego con mil hombres “entre españoles, indios y mulatos” para enfrentar al sucesor don Baltasar García Ros, que con un grupo de españoles y dos mil indios de las reducciones, acampaba junto al Tebicuary.


El choque se produjo Inesperadamente el 25 del mismo mes “con muerte de cerca de ochocientos indios y muchos españoles que iban en su compañía”, según noticias del obispo de Asunción fray José de Palos. 153


Por aquellos mismos días el nuevo virrey marqués de Castelfuerte ordenaba a don Bruno Mauricio de Zavala, gobernador de Buenos Aires, pasar a Asunción con cien o doscientos españoles y cuatro mil indios auxiliares, para reducir a prisiones y enviar con buen resguardo a Lima la persona del Gobernador, después de cobrarle 10.000 pesos ensayados, y exigir 4.000 a cada uno de los regidores comprometidos en la sedición. 154


Zavala obró con cuenta y razón. Reprodujo el oficio del virrey en carta de 23 de octubre al padre Tomás de Rosa; solicitó seis mil indios con sus oficiales y armas, 155 y tomó luego el camino de Asunción.


Así y todo, en San Ignacio-guazú, después de platicar con el obispo Palos, decidió prescindir de la ayuda guaraní; porque, siendo tan rudos los indios no sacrificasen al menor movimiento hombres y haciendas. Convenía, asimismo, restar odiosidad a su misión pacificadora. Por igual motivo, ordenó que los doscientos hombres de milicias que ponía Corrientes a su disposición no abandonasen dicha ciudad.


Con sólo su escolta, llegó, pues, don Bruno a Asunción el 29 de abril de 1725, pacificó los ánimos convulsionados y restituyó en sus empleos a los desposeídos por el régimen anterior sin disparar un tiro. Dos meses bastaron a Zavala para encaminarlo todo y restituirse a Buenos Aires.156 Los jesuitas volvieron a Asunción el 18 de febrero de 1728.


Antequera, en tanto, que se había escabullido río abajo con un grupo de hombres fieles, no paró hasta tomar asilo en el convento de San Francisco de Córdoba. Mas, apresado luego y remitido a las cárceles de Lima, sufrieron tanto él como Juan de Mena largo proceso con sentencia de muerte, que se aplicó a entrambos en la plaza de Armas el 5 de julio de 1731. 157



2) Rebrotes del Común


Dióse el primero en febrero de 1732, con nuevo extrañamiento de los jesuitas de Asunción y la presencia de siete mil indios de las reducciones en son de guerra junto al Tebicuary, a resguardo de las doctrinas. Lo cual estuvo a punto de llevar a un nuevo destructor encuentro, conforme escribía Zavala desde Buenos Aires al virrey el 30 de octubre de 1733:


Despreciados de cuantos los conocen, pudieran por su número destruir el Paraguay”; con la circunstancia de que, puestos en la lisa, “ninguno es capaz de arredrarlos ni menos de contenerlos” en su modo de concebir la guerra, que es “destrozando y arrasándo [lo] todo”. 158


Providencialmente se llegó al acuerdo del 29 de junio de 1732, que deshizo el ejército del Común, fuerte de tres mil hombres, y produjo el retiro de los indios a dieciséis leguas más abajo de San Antonio de Aguapey. 159


Una segunda explosión del Común se dio en 1733 con asesinato del nuevo gobernador don Manuel Agustín de Ruiloba y la proclamación del anciano obispo de Buenos Aires fray Juan de Arregui, presente en si Paraguay, gobernador de la provincia; al que, por octubre, se le Impuso un dilatado plan de reformas fundamentales.


Dos de sus capítulos —el 2° y el 119— tocaban asuntos de la Compañía de Jesús; y eran patentes extralimitaciones, resultas “del furor implacable de aquellos sublevados”, como las calificó el gobernador Zavala. 160


Solicitábasele en el capítulo 2° que, para “la paz, quietud y sosiego de esta miserable provincia y sus habitadores”, mandase a los padres de la Compañía sacar cuanto antes de la provincia “sus bienes y haciendas, ganados y todos los demás muebles que tuvieren restantes, así dentro de la ciudad, como de la campaña”.


Daban sus razones:


Porque no es de nuestro gusto y conveniencia ni conviene a nuestra conservación” su mantenimiento, por ser los jesuitas “nuestros enemigos capitales, perseguidores de nuestras almas y cuerpos y de nuestras familias”. De esta suerte ya “no nos Imputarán, tratándonos con infamia y baldón, que somos ladrones y traidores a nuestro Rey y señor, y sosegarán de perseguirnos”.


Que fuese esta una imposición irrecusable, lo ponían luego de manifiesto al recordar otra solicitud anterior hecha infructuosamente al Cabildo. Tratábase ahora del “último recurso” —según decían— que haremos ante Vuestra Señoría Ilustrísima, “sirviéndose de no permitir nos molestemos más; y que de nuestra parte no podremos ni deberemos ya excusarnos de hacerlo, amparados de nuestro derecho y defensa natural, y de las leyes reales que favorecen a nuestra causa comunal”.


Por el capítulo 11° se solicitaba el traspaso, cuanto antes, a la otra banda del Paraná, de los siete pueblos de esta banda, que eran los de Santa María de Fe, Santa Rosa, San Ignacio-guazú, Santiago, Jesús, Trinidad e Itapuá. Supuesto que los padres de la Compañía de Jesús habían conseguido real cédula para la agregación de dichos pueblos a la jurisdicción de Buenos Aires, “hay grave incompatibilidad para que se mantengan y perseveren en las tierras y términos del Paraguay”.


Constituían dichas poblaciones —según el Común—, indios siempre “dispuestos a ser confirmados enemigos” del país, como que estuvieron “acampados número de más de diez mil en esta banda del dicho río Paraná en nuestra propia jurisdicción..., apoderados del camino real de las entradas y salidas de esta provincia inmediato al río Tebicuary, practicando actos de guerra ofensiva, combatiendo y asaltando de esta parte, ejecutando invasiones de muerte, robos, incendios y hostilidades”.


Tampoco pedía aquí el Común, sino que ordenaba, conforme al remate del mencionado capítulo:


Según lo que resultare de este exhorto y requerimiento, acudirá esta provincia a lo que por derecho pueda y debe.161


Pero no había que alarmarse por la seguridad de las doctrinas. Desde Buenos Aires el gobernador don Bruno Mauricio de Zavala seguía atentamente los movimientos del Común; y tenía prevenido desde tiempo atrás al superior de todas ellas que, “por cualquiera contingencia o designio que tuvieran los del Paraguay”, tomase “las precauciones convenientes en observar sus movimientos”, mientras él adoptaba las providencias del caso. 162


Y en fin, el 2 de enero de 1734, notificaba al padre Antonio Betschón, vicesuperior de las misiones, que los indios se apostasen con sus armas, “poniéndose en los puestos y parajes que pareciere convenientes, para evitar el que la violencia de los comuneros no los atropello...


Y si la temeridad —añadía— de tan declarados y domésticos enemigos se arrojaren a invadirlos, les doy por orden positiva a todos los indios para que se defiendan en la posesión de la propiedad de sus tierras, cuando da derecho natural les compete el hacerlo.163



3) La pacificación del Paraguay


Fue la gran obra del gobernador Zavala; a quien el virrey marqués de Castelfuerte, de acuerdo con la Real Audiencia de Lima, ordenaba el 30 de diciembre de 1733 “sitiar aquella provincia, embarazando en que nadie salga de ella ni entre”, hasta sujetar las fuerzas del Común.


Púsose muy luego Zavala en acción. Seis mil guaraníes de las reducciones debían mantenerse en pie de guerra junto al Tebicuary, “a fin de embarazar las entradas y salidas de cualquier género de persona en la dicha provincia”. Lo cual tan cumplidamente ejecutaron los indios —recuerda Lozano—, “que no se sabe haya ninguna persona podido burlar su vigilancia, pasando por tierra de una parte a otra en todo el tiempo que duró el bloqueo, que fue por más de un año”, a despecho de la terrible hambre que sufrieron todos por el abandono de los campos, y que ocasionó la muerte a muchos de ellos. 164.


Y tan bien se manejó el gobernador de Buenos Aires, que en 1735 pudo afirmar que ya tenía rendido al enemigo.


Entró efectivamente en Asunción sin necesidad de empeñar combate el 30 de mayo de 1735. Disponía de hasta quinientos hombres de guerra. No llevó indios.


Con tres autos reorganizó la provincia pacificada, y nombró gobernador del Paraguay al capitán de dragones don Martín José de Echauri, que llevó con honra la comisión, según expuso al Monarca el obispo fray José de Palos:


Está esta provincia sosegada, quieta, y pacífica, y restituida a la antigua obediencia, por la diligencia y prudente conducía del capitán de dragones don Martín de Echauri vuestro Gobernador.165


Fue la última grande actuación política del ex gobernador de Buenos Aires don Bruno Mauricio de Zavala. “Dejando aquella provincia pacificada... —escribía el gobernador Miguel de Salcedo a don José Patino el 27 de febrero de 1736—, antes de llegar a la ciudad de Santa Fe desta jurisdicción, falleció el referido don Bruno el día 31 del pasado” mes de enero. 166



4) Situación de las reducciones


Al fin los contrastes más sensibles cargaron sobre los jesuitas y sus doctrinas. El estado de los pueblos por aquel entonces era sencillamente calamitoso.


Los seis mil indios armados que debieron mantenerse sobre el Tebicuary desde enero hasta mayo, para apoyar la campaña de don Bruno Mauricio de Zavala contra el Paraguay, obligó a las doctrinas a gastar “sus vacas, que en los pueblos para la multitud de hambrientos hubiesen sido el único remedio”.


“Y apenas se acabó esta función de guerra, cuando fueron llamados otros tres mil indios armados contra la Colonia. Caminaren estos en [el] tiempo más precioso de preparar las sementeras, sin poder asistir a ellas para hallar el remedio de la hambre para sí, sus mujeres y hijos. Por noviembre caminaron otros mil contra la misma Colonia...” 167


Reconoció horradamente Zavala que “sólo su asistencia y puntual obediencia que observaron, fue la causa principal de la fortuna que conseguí en servir a Vuestra Majestad, reduciendo esta provincia al estado en que se halla, sea por el crecido número de Indios, o por lo que se recelan de su natural vengativo por los agravios continuos que les han hecho”. 168


Pero lo más agobiante fue la desdichada situación moral a que se redujeron los pueblos con estos trajines de indios en pie de guerra, ociosos por mucho tiempo, y en contacto con gente de cuartel.


El cuadro que trae la nota del prepósito general padre Francisco Retz, por las referencias que tiene, es de lo más angustioso que imaginarse pueda. Pertenece al 15 de julio de 1737, y va dirigida la comunicación al provincial Jaime de Aguilar. Muéstrase el padre Retz casi vencido, sin vislumbrar remedio humano posible:


No quisiera llegar a hablar sobre estas misiones y su infelicísimo estado espiritual y temporal, ni sé qué remedio pueda darse a tantos y tan grandes daños como padecen, y como les amenaza hasta el último exterminio.


Coteja datos comprobatorios. Las 141.252 almas que albergaban en 1732, se ven reducidas cuatro años después a 107.543. 169 Faltan, pues, 33.709 indios. A ello se agrega “la serie de males con que Nuestro Señor ha afligido [a] esa cristiandad”, y que han provocado en su alma “sentidísima aflicción”. La situación moral, sobre todo, lo lastima vivamente.


por las cartas de Vuestra Reverencia y de muchos otros. Lo que en sus costumbres se han viciado esos cristianos, y la libertad que en la guerra han aprendido; sus excesos y adulterios, hasta robar las mujeres ajenas; sus embriagueces, odios y homicidios, hasta beberse efectivamente la sangre; sus impiedades aun con los cadáveres y sirviéndose de los huesos para sus hechizos; y finalmente su apostasía de la fe en muchos de ellos, retirándose a los montes y gentilidad.


Muy lamentable es “el sumo decaimiento de ánimo que todo esto ha causado en los misioneros, y mirándolas otros con suma tibieza y casi todos como cosa ya perdida”. 170


No se malogró, sin embargo, obra de tanta estimación. Antes, la “exhortación del padre Retz infundió nueva vida en los misioneros del Paraguay” 171 y renaciente vigor a sus doctrinas.



5) La reducción del Iberá


Es un hecho curioso el de esta reducción bastarda, índice al fin de la profunda crisis que atravesaban por aquellos años las doctrinas guaraníes.


El padre Bernardo Nusdorffer recogió los datos en un escrito, cuyo título: Población nueva de los fugitivos en el Iberá, en 1736, lleva este proemio comprobatorio de su autenticidad:


Noticias que se confirman de todas partes y de averiguaciones hechas de indios de varios pueblos, [acerca] del pueblo nuevo de los indios fugitivos de las doctrinas, entre el Ibera, Miriñay y río [de] Corrientes.


Principio determinante de la población fue el ningún apego de ciertos indios al matrimonio monogámico que se mantenía en las doctrinas. Juzgaron muchos excesiva esta regulación del santo sacramento; y, como hallasen inexorables a los padres en castigar todo género de adulterio, decidieron fundar reducción aparte, con libertad gentílica en los casamientos.


No es que hubiesen abandonado todas las prácticas cristianas, como volviendo a su atávica barbarie. Y esto era lo curioso. Los indios del Ibera no se olvidaron de la Virgen y de tal cual resto de cristianismo, que trataron de mantener con fijeza, a despecho de su malvivir.


Por la mañana, en lugar de misa —conforme tenía averiguado el padre Nusdorffer—, se reza la letanía de Nuestra Señora. El preste es un indio apostólico [o sea, de la reducción de los Apóstoles], llamado Miguel, que fue procurador en su pueblo. A la tarde se juntan las mujeres y chusma al rosario.


Contaban con iglesia, que, “por ser ya mucha la gente”, se proponían agrandar. Allí les predicaba los domingos el capitán Chavpái para insinuarles la caridad, “no obstante las muertes que hacen unos a los otros por las mujeres y ropa”.


Este era el lazo que unía y desunía a la vez a los moradores del Iberá.


El mal era tan contagioso, que muchos indios de las otras reducciones llegados allí en busca de toros y caballos cimarrones, “viendo la población nueva y su modo de vivir”, se quedaban “allá, olvidados de sus pueblos”.


La ocupación favorita de la gente del Ibera era la caza de toros y vacas cimarronas.


No duró largo tiempo la extraña reducción del Ibera. El padre Nusdorffer refiere también como finó trágicamente y sin gloria:


A 25 de diciembre [de 1736] dieron los correntinos en este pueblo, por haberles hurtado muchos caballos. Su guía fue un concepcionista. En el camino —dicen— mataron [a] cinco josefinos; entraron en el pueblo al amanecer, cuando ya mucha gente de los indios estaba fuera para cazar vacas; mataron a los indios e indias viejas que encontraron; hallaron sus caballos; quemaron los ranchos, pero no persiguieron [a] los desparramados, [y] llevaron la chusma y mujeres. Los desparramados se juntaron para enterrar los cadáveres, [y] muchos de ellos vinieron a los pueblos” aleccionados y contritos.172