Lecciones de Historia Rioplatense
El pacto de Permuta
 
 
El más valioso título para ser gran figura en la corte de Madrid, era ostentar blasones de extranjería y jactarse de menospreciar la tradición nacional.

Fernando VI debía ser, en efecto, a los treinta y cuatro años de edad: “un hombre de sensato entender —refiere Vicente F. López 1 — que después de haber observado los sucesos, había comprendido que su padre (Felipe V) había hecho de la España un apéndice de la política francesa, y de los intereses de la familia de Borbón, metiéndola en guerras y conflictos que no tenían otra razón de ser que las ambiciones y los intereses continentales de aquella casa”. Inició así, quizás por contraste, una política pacifista, tratando de equilibrar las ambiciones de Francia y el apetito de Gran Bretaña. Pero ésta, aprovechando la proverbial buena fe del monarca —esposo modelo y excelente administrador— consiguió robustecerse en el juego diplomático sacando ventaja de las miras de Portugal, quien aspiraba a posesionarse de Río Grande (a la sazón, tierra bonaerense). Su aliada lo indujo a proponer sorpresivamente a Fernando, “para estrechar y perpetuar la unión y amistad entre ambas coronas”, la sesión de la Colonia del Sacramento que le fuera adjudicada a los Braganza por el tratado de 1713, a trueque de siete colonias españolas (las llamadas misiones del Uruguay) situadas en la orilla septentrional de dicho río; amén de la provincia de Tuy en Galicia.

El verdadero motivo de la gestión respondía al interés del comercio británico por extenderse en estas latitudes, debido a las franquicias más ventajosas que le prometían los lusitanos si conseguían éxito en su propuesta.

Fernando VI —dicen que engañado— aceptó la cesión. Y en febrero de 1750 fue firmado el malhadado convenio de Permuta, cuyas consecuencias serían funestas para nosotros. Estalló la larga y cruenta revolución guaranítica —tan debatida en la historia hispanoamericana (1753-6)— considerada por muchos historiadores como valioso antecedente de nuestra gesta emancipadora.

Por lo demás, tan bochornoso era el tratado “amigable”, y a tal punto contrariaba el “deseo de no reñir con nadie” manifestado públicamente por el rey, que su hermano Carlos de Nápoles —heredero de la Corona— dirigió una formal y solemne protesta denunciándolo como dañoso a las conveniencias de la monarquía. Al mismo tiempo, caía el ministro Zenón de Somedevilla (marqués de la Ensenada) por haber favorecido los verdaderos intereses de España, alentando la rebelión de los indios misioneros del Paraguay.

El triunfo de Inglaterra sobre su enemiga Francia parecía ahora definitivo. Y el desplazamiento de las odiadas misiones del Uruguay —donde aún ardía la peligrosa llama teocrática del rey Prudente— significó su más grande éxito, y una garantía de impunidad en sus reiterados intentos de copar la independa de América.

España y Portugal designaron de inmediato una comisión de límites, de común acuerdo (pese a la oposición de los guaraníes), a efectos de dar cumplimiento a la ominosa convención. Más no llegaron a producirse actos irreparables que perfeccionaran la transferencia acordada en 1750.

El burocratismo borbónico en auge aprovechó, sin embargo, la coyuntura, para incautarse de los pueblos rebeldes entrando a administrar sus tierras y sus bienes. Los sacerdotes fueron inmediatamente sustituidos por funcionarios civiles. Comienza, con este acto, el descontento popular de criollos, mestizos e indios. Es, podríamos decir, la iniciación del fermento rioplatense contra la traición de sus reyes. Parece que en gran parte los jesuitas fueron los que promovieron el alzamiento, no obstante las pruebas de descargo presentadas por ellos en Madrid. Empero, la historia abriga serias dudas sobre el particular.