desde 1492 hasta 1800
Hernandarias
 
 
En la fundación de Corrientes por Vera y Aragón participó un muchacho de 24 años, nacido en Asunción y por lo tanto “hijo del país”, que por ese entonces contaba ya con una nutrida foja de servicios. Siendo chico, en el guaranítico ambiente circundante, recibió el ejemplo de los conquistadores y, después, como ellos, guerreó contra la indiada salvaje. Se presume su participación con Garay en la fundación de Buenos Aires, hasta donde habría llegado arreando vacas desde el Paraguay. Su nombre era Hernando Arias de Saavedra y fue conocido, escuetamente, como Hernandarias. Llegará a ser el primer caudillo criollo y gozará del respeto y adhesión de todos los pobladores honrados.

 

Hernandarias era hijo de Martín Suárez de Toledo y de María Sanabria, o sea que, por vía materna, su abuela era doña Mencía Calderón, “la Adelantada”. Y se casó con Gerónima Contreras, hija de don Juan de Garay. Como se ve, buena sangre llevarían en sus venas los descendientes de aquel joven capitán, entre los que tengo el privilegio de contarme.

 

Seis veces gobernó el Río de la Plata, haciéndolo siempre con justicia, prudencia y honradez intachable. Persiguió sin dar cuartel a los contrabandistas y a los funcionarios corruptos que negociaban con ellos. Embelleció las ciudades y las limpió de vagos y mal entretenidos. Buen cristiano, edificó a su costa muchas iglesias y colaboró en la construcción de varias “reducciones”, regidas por los padres jesuitas. Combatió con los indios en mil batallas y llevó la guerra contra ellos tierra adentro. Sin embargo, el trato que les deparó a los que se sometían y una ordenanza que dictara en su favor, le valieron el título de “protector de los naturales”.

 

En 1609, organiza su propia expedición tras “los Césares”. Parte durante el mes de noviembre, con 80 carretas, 1.000 caballos, cerca de 150 soldados y un contingente de indios. Alza una fortaleza en las proximidades de Salinas Grandes, La Pampa, sigue viaje hacia el sur, atraviesa el Río Colorado y llega hasta el Negro, que no puede vadear. Su notable “entrada” lo lleva hasta las puertas de la Patagonia, siendo recién repetida por Juan Manuel de Rosas, más de dos siglos después.

 

Aunque contrabandistas y funcionarios venales tejieron contra Hernandarias innumerables intrigas, lo rodeaba un enorme prestigio cuando murió, en Santa Fe, el año 1634.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entre 1590 y 1591, el mercedario fray Baltazar Gómez tomó posesión de un solar en la ciudad de San Juan de Vera de las Siete Corrientes, con la intención de edificar una iglesia en él. Y plantó allí una gran cruz, hecha de madera de urunday.

 

Atacada la ciudad por indios, se trabó un duro combate. Y los que participaban del mismo, tanto de un lado como de otro, vieron que aquella cruz despedía brillantes llamas, sin consumirse ni chamuscarse por eso. Pero lo más sorprendente del caso es que, a influjos de aquella cruz, las flechas disparadas por los salvajes giraban en el aire, volviéndose contra los que las lanzaban.

 

Gracias a este milagro, que quedó consignado en el diario del capitán Juan Francisco de Aguirre, Corrientes resistió el asalto, fracasando los asaltantes en su propósito de arrasarla y, en homenaje a ello, su escudo ostenta una cruz en llamas.